China y la nueva ruta de la seda

China ha acumulado cerca de 3 billones de euros en divisas, tienen un potencial industrial que los ha convertido en la segunda economía del mundo. La guerra comercial desatada por los EE UU les está afectando, y tienen que buscar otros mercados donde invertir ese capital y donde vender las mercancías que iban destinadas a EEUU.

El proyecto de la Nueva Ruta de la Seda es el de la internacionalización definitiva que hasta ahora era del 20% de su PIB, frente al 50 o 60% de otras economías mucho más internacionalizadas (Alemania, Japón); ya no como receptora de inversiones, sino como exportadora de capital. Ese paso lo dieron a finales del siglo XIX las burguesías francesas y británica, cuando comenzaron a invertir en activos en el extranjero buscando una rentabilidad que dentro de sus fronteras no encontraban. Ellos tuvieron la ventaja de contar con grandes imperios coloniales; cosa que no sucedía con las potencias emergentes del momento, los EE UU, Alemania y Japón.

Cuando el gobierno de Xi propuso la Nueva Ruta de la Seda al mundo, se comprometió a una inversión global de 1.4 billones de dólares en infraestructuras y préstamos; de los que 300 mil millones eran para el 2015. Además, esta inversión incluía la contribución de 40 mil millones para el Fondo de la Ruta de la Seda, y un capital inicial de 100 mil millones para el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras.

El proyecto impulsado tiene derivaciones en otras partes del mundo, como la construcción de un nuevo canal entre el Atlántico y el Pacífico en Nicaragua, en competencia al de Panamá controlado por los EE UU. En el año 2017 ya se habían incorporado al proyecto 64 estados del mundo, entre ellos la Unión Europea y Rusia.

La Nueva Ruta de la Seda, supone la creación de una franja económica desde China hasta Europa, que no se ciñe a las rutas terrestres, sino con variaciones marítimas que está modificando alianzas políticas, como la instalación de puertos en Pakistán, viejo aliado de los EE UU. El proyecto incluye la creación de un “collar de perlas” de puertos, infraestructuras costeras y bases militares que van de Asia a África Oriental, hasta el Mar Mediterráneo. En este camino, el capital chino ya se ha hecho con el puerto griego del El Pireo y otro en Sires, al sur de Portugal, como puerta de entrada en la Unión Europea.

La creación de dos vías, la terrestre y la marítima, están relacionadas como vía comercial, y tienen como fecha tope el 2049, centenario de la revolución china. Todo un símbolo para el pueblo chino, puesto que fue cuando se liberó de todas las ataduras coloniales de los dos últimos siglos, de la británica, de la japonesa, de la francesa. No se puede obviar que fue la revolución de 1949 la que sentó las bases para el desarrollo industrial chino, al destruir definitivamente las estructuras políticas y económicas anquilosadas de la vieja China imperial.

Es la consecuencia lógica de la política de Deng Tsiao Ping, quien supuso la destrucción de los frenos del proyecto de reconstrucción capitalista, al crear las zonas francas donde los imperialismos pudieron invertir a placer. Pero Deng, como la burocracia del PCCh eran conscientes de o controlaban el proceso desde el aparato, o volverían a ser carne de coolie. Abrieron las puertas al imperialismo, si, pero mantuvieron el control estricto de la industria pesada y la banca, que siguen siendo estatales, y a través de los cuales marcan los ritmos de la economía china. Tan es así, que siguen haciendo planes quinquenales, y dejan poco suerte a la “mano oscura del mercado”.

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