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Oriente Medio: 20 años de Guerra al Terror

profético titulado “Contragolpe: los costos y consecuencias del imperio estadunidense”. El libro, ignorado cuando se publicó, es casi un prólogo y un mordaz epitafio para los 20 años pasados. Contragolpe, es una forma abreviada de decir que una nación cosecha lo que siembra, aun si no sabe o no entiende del todo lo que ha sembrado.

Veinticuatro horas después del 11-S, se declaró que los estados recalcitrantes, hubiesen participado o no en los atentados, deberían pagar el precio. ¿Por qué no deberíamos ir contra Irak, no sólo contra Al Qaeda? Y llamaron a una campaña amplia y sostenida, que incluiría acabar con estados que patrocinan el terrorismo. En el curso de una semana, George W. Bush, había dado la luz verde a una guerra abierta: “Vamos a darles duro. Queremos dar la señal de que esto es un cambio respecto del pasado. Queremos que otras naciones, como Siria e Irán, cambien su visión”.

De manera notable, entre esos malditos y enemigos no figuraban Arabia Saudita y Egipto, los dos países de los que habían partido la mayoría de los terroristas del 11-S. Pero Bush, Rumsfeld y Dick Cheney optaron al final por una cruda guerra de venganza contra Afganistán. La operación Libertad Duradera comenzó en octubre 2001. Veinte años después, el saldo gris y sangriento de no responder de la misma forma habla por sí mismo. Seis guerras, millones de muertos, billones de dólares desperdiciados y una peste de sufrimiento y trauma infligida sobre el mundo musulmán.

Las sanciones a Irak –impuestas en 1990, poco antes de la Guerra del Golfo de Bush I, y vigentes hasta la invasión de Bush II– constituyeron un crimen de guerra en sí mismas. El blanco era la población civil; el objetivo era incitar un levantamiento popular espontáneo. Actualmente ese sería el objetivo en Cuba y Venezuela.

El 15 de febrero de 2003, cerca de 14 millones de personas marcharon en los siete continentes contra la inminente guerra en Irak. La mayor congregación por la paz jamás vista en la historia mundial fue ignorada por Bush, Tony Blair y sus secuaces.

Irak fue pulverizado y su gobernante sometido a un linchamiento judicial. Soldados estadunidenses (hombres y mujeres) torturaron a gran cantidad de prisioneros y se difundieron triunfales fotografías de violaciones sexuales. Por lo menos medio millón de iraquíes murieron en la guerra. Los museos de Bagdad fueron saqueados, y la infraestructura social del país fue devastada por los bombardeos. Municiones de uranio empobrecido fueron desplegadas en Irak y más tarde en Siria.

Tres meses después de la caída de Bagdad, en 2003, el primer ministro israelí Ariel Sharon dio un discurso en la Casa Blanca en el que felicitó a Bush por la impresionante victoria, pero lo llamó a no detenerse. Había que marchar sobre Damasco y Teherán: “Debe quedar claro… que sus actos malignos no pueden continuar”. Hoy Siria está desgarrada.

La verdadera historia cala hondo en la memoria de un pueblo, pero siempre es un obstáculo para los tejedores de fantasías imperiales. Ahora hay un consenso casi universal de que la ocupación occidental de Irak fue un desastre sin remedio, en primer lugar, para el pueblo de Irak, y en segundo para los soldados enviados por políticos sinvergüenzas a morir en una tierra extranjera.

Libia, pese a su vasta riqueza petrolera, fue otra historia, pero con su propio final siniestro. A diferencia de los líderes de Irak y del partido Baaz sirio, Muammar Kadafi había rehuido construir una infraestructura social apropiada. El cálculo más conservador ubica el número total de decesos –civiles, rebeldes, combatientes de Kadafi– entre 20 mil y 30 mil personas. Los aviones de la OTAN no protegieron a civiles cuando atacaban a las fuerzas de Kadafi.

El dictador fue capturado, torturado y linchado. Siempre sensible, Hillary Clinton comentó: “Fuimos, vimos, murió”. Lástima. En otras circunstancias, Kadafi podría haber contribuido a la Fundación Clinton.

 

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