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lunes, junio 17, 2024
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Carlos Marx y el caso del nivel primaria en Kimbiri | Opinión

Clay Quicaño | Pizarra
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Querer entender la educación peruana sin consultar a Carl Marx es como buscarle cinco pies al gato. Es como entrar en un quirófano y encontrar diferentes especialistas de la medicina, pero no está el que hace el diagnostico general. Se pueden ubicar los males que aquejan, pero no encontraran el mal que genera todas las patologías. A veces pienso que estas especialidades científicas diagnostican al enfermo con un sólo ojo, y esta actitud es rayano a la hipocresía académica.

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En ese sentido, Marx es un apestado, el indeseable en las elucubraciones intelectuales, es aquel que llega a la fiesta y todo el mundo sale disparado como queriendo huir de la peste medieval. En este artículo pretendemos tener la conducta de Marx, partiendo del hecho de que la crisis educativa es un tema estructural, un tema sistémico, y que este enfoque a muchos “expertos educativos” no les agradará nuestras conclusiones.

No les gusta por las siguientes razones: Hemos consultado y entrevistado a 50 profesores, auxiliares y facilitadores del distrito de Kimbiri de la región de Cusco entre enero y febrero del presente año. Las conclusiones son los siguiente:

1) aluden que los estudiantes muchas veces llegan a la institución educativa sin desayunar o con la ingesta de nutrientes insuficientes,
2) hay padres que “abandonan” a sus hijos en el proceso de aprendizaje,
3) los niños expresan sus emociones de diversas maneras, pero lo usual es la agresividad, la violencia, la tristeza y una contradictoria alegría en el contexto escolar,
4) Hay un déficit de atención o una falta de interés por las clases y
5) hay la presencia de familias incompletas y disfuncionales que influyen en el aprendizaje de los niños.

Estas no son conclusiones aisladas ni desconectadas de la realidad educativa, todas ellas lamentablemente están relacionadas entre sí. Por ejemplo, un niño puede entrar al aula con la pesadumbre a cuestas. La última imagen que dejo al salir de casa fue la pelea de sus padres y que por motivos que se desconoce llego mal desayunado al colegio. Esta última imagen al salir de casa termina siendo influyente en el aula, pues sus problemas emocionales afloran en diversos momentos del desarrollo de clases: Está inquieto, fastidia a sus compañeros no atiende la clase y hace chacota por doquier.

Esta alegre porque esta con sus amigos en el aula, pero su estado de ánimo orbita desde una alegría espontanea hasta una tristeza y apatía crónica. Estos cambios repentinos tienen mucho que ver con el nivel de tranquilidad del hogar, pues el niño no encuentra paz en casa, es un ámbito de discordia, además que la ausencia de padres en el ámbito escolar tiene que ver directamente con la economía.

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La economía de libre mercado se ha convertido en el opresor del niño, pues el niño pide tiempo a los padres para recrearse, pide ayuda en algunos temas académicos que no entiende, pero los padres los “abandonan” por cuestiones laborales, es decir, por llenar la canasta básica familiar. Es un mundo donde el mercado y la libertad económica conspiran con el tiempo del niño, más aún cuando ese niño proviene de familias incompletas y disfuncionales.

Este supuesto “abandono” es nada menos que los rasgos económicos del capitalismo en su faceta más cruel e insensible. Al niño se le ha arrebatado el factor tiempo, por una supuesta calidad de tiempo, es decir, que, en la era del Antropoceno, tenemos que abocarnos a nuestras supuestas responsabilidades de dejar de ser pobres y proyectarnos a ser prósperos y ricos, sacrificando el tiempo del niño y del ámbito familiar, con la finalidad de impulsar el libre mercado, porque se considera que en esta era digital el mundo es un mar de oportunidades infinitas.

El que no está en esta ola capitalista es considerado un sucio comunista o un pobre paria del mercado. Y sin embargo, los datos dicen otra cosa.

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Así, de los 50 encuestados se alude que el 70 % de los estudiantes padecen de desnutrición infantil y falta de loncheras saludables y en esa misma tónica el 80% considera que hay problemas emocionales como la ira, gritos, mal comportamiento y violencia. Continuando con estos porcentajes se visualiza que el 60% expresa que hay una infraestructura educativa en mal estado, además el 60 % manifiesta la falta de materiales educativos y ambiente saludables.

Lo que nos llama la atención es que el 90 % afirman que hay cierta “irresponsabilidad” de los padres, es decir, padres no comprometidos con la educación que tienen que laborar en el ámbito rural y urbano. Para concluir, hay un 75 % de déficit de atención, problemas en el aprendizaje como el desgano y apatía por parte de los estudiantes.

Como decíamos líneas atrás, estos porcentajes están relacionados entre sí, están vinculados y hay una interdependencia entre ellos. No podemos decir que el hambre o el déficit de nutrición es un concepto determinista para interpretar el fenómeno en estudio o tampoco podemos decir lo mismo de las emociones, pero sospecho que al decir que el 90% de las limitaciones del aprendizaje tienen mucho que ver con la ausencia o abandono de los padres para con sus hijos, creo que es necesario darle un lugar de análisis especial.

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El abandono de los padres en el aprendizaje nos dice mucho de las disparidades sociales, de la sociedad de consumo en que vivimos, de la falta de tiempo e inclusive de la ausencia de oportunidades del niño. El padre puede estar laborando en la ciudad o en la chacra, pero vive en un mundo de apuros materiales de demanda de servicios, un mundo donde tener ciertos bienes te da estatus social.

En otras palabras, la sociedad de consumo y la globalización toca de manera insistente la puerta del padre de familia, y el padre va en busca no sólo de llenar la canasta básica, sino de todo aquello que implica tener los bienes y servicios simbólicos que ofrece el mercado. El padre sale disparado en busca de la marca, de aquellos bienes materiales que le brindaran calma y seguridad para él y su hogar. Así, en este mundo contemporáneo, Carlos Marx está más presente que nunca.

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El autor de El Capital se ha disfrazado de Papá Noel y ha entrado a tu hogar porque sabe el regalo que quieres y deseas, él sabe qué un padre de la chacra o la ciudad está determinado como sujeto con la obtención de estos bienes. Sin ellos, no tenemos estatus, identidad y satisfacción, por eso, el concepto tiempo para el hijo es absorbido por el mercado y por todas las necesidades que esto implica.

Bajo todo lo dicho, el niño se siente solo, es decir, es una soledad en el sentido literal. Hay una risa aparente, fugaz y momentánea como la civilización en que vivimos y experimentamos hoy, pero la soledad experimentada por el niño es una sensación de ausencia un silencio oscuro que llega al alma, por eso son sujetos sumamente emocionales. El llanto, la ira y la violencia tienen que ver mucho por lo que no se encuentra afuera, y lo que no hay en el entorno: Son los padres, la estabilidad, la armonía, el equilibrio en el hogar y un desayuno nutritivo, es decir, la ausencia de tiempo, aquel tiempo que el capitalismo nos arrebató por ir a laborar.

1 Es el trabajo agrícola del campesino.

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