¿Republicanos o Demócratas? Un sistema político podrido

¿Republicanos o Demócratas? Un sistema político podrido

OPINIÓN

Ascencio Canchari

¿Republicanos o Demócratas? Un sistema político podrido

La batalla entre “democracia” y “autocracia” posiblemente tenga que librarse primero dentro del propio Estados Unidos. La podredumbre del sistema político estadounidense se inició hace mucho tiempo. Desde la Segunda Guerra Mundial el

partido republicano ha estado coqueteando con figuras paranoicas, extremadamente conservadoras y derechistas. Personas como Joseph McCarthy, Barry Goldwater, Richard Nixon, Ronald Reagan, Newt Gingrich y Pat Buchanan prepararon el camino para una figura como Trump. En otras palabras, la podredumbre ya tiene décadas y está profundamente arraigada en el Partido Demócrata y Republicano.

Las noticias falsas y las teorías de la conspiración no son nada nuevo en Estados Unidos. Republicanos y demócratas han dejado atrás la verdad y la realidad. Los hechos y la ciencia ya no cuentan. Durante mucho tiempo proliferaron en Estados Unidos las creencias extremistas, odiosas y violentas, pero en la mayoría de los casos estaban confinadas a los márgenes del debate político. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue la culminación de cuatro años de escalada de violencia de la extrema derecha. Se estima que actualmente hay cientos de grupos paramilitares que operan en Estados Unidos. Juntos cuentan con unos 50.000 miembros. Estados Unidos está saturado de 400 millones de armas de fuego, incluidos al menos 20 millones de fusiles de asalto, la mayoría de los cuales son propiedad de caraduras de derecha.

Los supremacistas blancos y otros extremistas de derecha fueron responsables de dos tercios de todos los atentados y complots terroristas en el territorio de Estados Unidos. Esta radicalización se traduce en una polarización extrema. Los medios de comunicación dominantes desempeñan un papel fundamental en esa polarización. Una polarización tan extrema hace prácticamente imposible el funcionamiento democrático, sobre todo si se cuestiona hasta el propio resultado electoral.

Bajo el liderazgo de Trump, por ejemplo; los republicanos están trabajando para socavar y destruir la “democracia” desde adentro. Lo hacen infiltrándose en las más altas esferas de los estados y del gobierno federal. La eliminación del sistema democrático requiere una serie de cosas: conquistar el control del poder judicial, de los servicios de inteligencia y de las fuerzas policiales; dejar fuera de juego a la oposición política y, preferentemente, a los medios de comunicación; poner de su lado a la élite económica y cultural en la medida de lo posible; y, por último, doblegar el sistema electoral a su voluntad. Está muy claro que Trump ya ha recorrido una buena parte de este camino.

Hay al menos dos defectos fundamentales del sistema político estadounidense que permiten y perpetúan la actual podredumbre: la pésima condición social de gran parte de la población y el control de las grandes empresas sobre la política. Un 58% de los ciudadanos del país más rico del mundo vive al día. A menudo deben aceptar dos o tres trabajos para no caer en la pobreza. Muchos mayores de 65 años tampoco pueden permitirse jubilarse y siguen trabajando, literalmente, hasta caer muertos. Unos 130 millones de estadounidenses (un 40%) no tienen suficiente dinero en el banco para hacer frente a una emergencia de 400 dólares. De estos, 80 millones (el 25%) aplazan el tratamiento de una enfermedad grave debido a su coste. En este país de alta tecnología una de cada nueve personas se acuesta con hambre. En ningún lugar del mundo occidental la brecha entre ricos y pobres es tan grande como en EE.UU. El 0,1% de los ricos posee lo mismo que el 90% de los de abajo.

La historia demuestra que un cementerio social es un excelente caldo de cultivo para que florezca la extrema derecha. Resulta imposible ignorar la conclusión: la putrefacción de la política ha tenido lugar sobre todo en el seno del partido republicano, pero los demócratas han contribuido a crear un terreno fértil para ello. Pero la podredumbre no se limita a los políticos, sino que hay que cavar una capa más profunda. Hay que ver quién controla esa clase.

En un país capitalista el alto grado de espectáculo hace que sea fácil tener la impresión de que el político es quien toma las decisiones políticas más importantes, pero entre bastidores son las grandes empresas quienes marcan las líneas y definen las principales orientaciones. La clase política está, por así decirlo, atada con una correa a los grandes grupos de capital. En la crisis del coronavirus los gigantes farmacéuticos fueron los protagonistas y obtuvieron enormes beneficios. Ahora son los gigantes de la energía los que tienen secuestrada la crisis climática y están ganando dinero a costa de la ciudadanía con la actual crisis energética. La élite económica selecciona así a “su” personal político.

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