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lunes, septiembre 25, 2023
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Carta al director | EDITORIAL

Una carta de una lectora del Diario Jornada, sobre su apreciación entorno a la entrega del informe de la CVR. Ha pedido que se mantenga su anonimato.

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A propósito de los 20 años de la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación me retumba una pregunta como ayacuchana, ¿hemos aprendido algo sobre derechos humanos?.

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Es una pregunta que me genera terror, miedo de sentir un gran fracaso luego de vivir la violencia del 15 de diciembre del año pasado, a plena luz del día, con policías disparando al cuerpo de manifestantes que no portaban armas. Situación que se repitió en Juliaca y en Andahuaylas.

Quiero recordar ese día y el siguiente, cuando escuchábamos al helicóptero de las Fuerzas Armadas sobrevolar muy bajo sobre la ciudad, con las noticias de confirmación de algunos asesinados con bala. “Hijito, rápido, vamos a ponernos las zapatillas, si cae una bomba nos vamos a tapar la nariz con el trapito, no te vayas a desesperar”. Ese día andaba con una botella con bicarbonato cerca, y no, no estaba en la calle, estaba en mi casa.

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Una situación aún peor vivió algunos amigos que tienen sus viviendas cerca al aeropuerto. Ellos recibieron bombas lacrimógenas desde los helicópteros hasta sus techos o patios. Tampoco se podían asomar por las ventanas, menos aún salir a caminar porque te podía caer una bala, como en el caso de Edgar Wilfredo Prado Arango.

¿Es dable que se viva con miedo dentro de casa?, ¿es posible tener tanta indignación e impotencia de saber que las fuerzas del orden estaban matando gente a plena luz del día por ejercer su derecho a la protesta? Qué cosa tan extraña lo que pensaba la familia en Lima, no creía lo que se vivía, y justificaban las muertes por “ser revoltosos, quién los manda a meterse en un aeropuerto”, así, sin saber más porque en los medios de comunicación nacional no pasaba nada, se dieron cuenta después de dos días, presumo que fue más por presión extranjera, porque no se puede tapar el sol con un dedo, porque la prensa internacional ya estaba reportando desde esta ciudad.

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“Quiero donar sangre, no sé, ayudar en algo” – “No vengas, por acá, la situación sigue fea y solo existe este punto de la ciudad para donar sangre, estás muy lejos”, luego me enteraba en redes sociales que llegaron algunos perdigones hasta el hospital regional.

Y pasaron esos días, una semana antes en Andahuaylas, días después en Juliaca, protestas en Cusco y luego en Lima, con el evidente desprecio a los “cholos, serranos”.

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Con todas esas imágenes de violencia recuerdo Putis, con 123 asesinados entre los que se incluyen niños pequeños, lugar donde tuve la oportunidad de trabajar, de ver los muchos ataúdes que se enterraron en el 2009, y ser testigo de su velorio en las calles principales Huamanga, de Huanta, con el apoyo de tantas personas que de forma desinteresada se acercaban a los deudos con flores, con velas, con palabras de aliento.

También recuerdo haber llegado a Putka y a otras comunidades donde presencié las exhumaciones de varios cuerpos, uno de ellos era de una mujer embarazada. Pensé que difundiendo sus historias, sus sufrimientos, sus miedos, los abusos que se cometieron contra ellos era lo que tocaba para que nuestra sociedad tomara conciencia en algo.

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Y sí, en ese tiempo se organizó una campaña de comunicación fuerte en torno al tema de derechos humanos, y conseguimos portadas en la prensa limeña, estuvimos en programas dominicales importantes, pero ahora veo que no fue suficiente. Retrocedo la mirada y la comparo con el presente, con impotencia, y digo que se debieron implementar políticas públicas para que la memoria quedara mínimamente en la currícula escolar, que no se trataba sólo de sentar una posición ante la opinión pública porque la memoria peruana es frágil, debíamos aspirar a más, debíamos prever que los mismos violadores de derechos humanos y sus apañadores siguen en lugares de poder, muy cómodos, moviendo sus fichas.

A 20 años, no quiero terminar aterrorizada haciéndome la misma pregunta, quiero pensar en las muchas personas solidarias, en aquella que ayudó a algún herido, en los amigos profesionales que apoyaron y siguen comprometidos con las víctimas, y si hay gente con buena voluntad seguramente están interesados en conocer las causas de tanta desigualdad y desprecio por los derechos humanos. Hasta mañana.

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