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viernes, julio 12, 2024
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EL PARQUE DE FABULINKA 235

Niñuchas: SÓCRATES ZUZUNAGA HUAYTA, es un gran escritor ayacuchano. De él, presento: TRAVESURAS EN EL AULA

¡Ah, y los días cuando tiene que ausentarse el maestro, dejando solos a los alumnos, leyendo, en voz alta, sus libros de lectura!

Entonces, ellos se quedan solos, al libre albedrío, entregados a ellos mismos. Al principio, todavía guardan ciertos miramientos y respeto, leyendo en orden y con cierta disciplina.

Pero, después, a medida que pasa el tiempo, se van quedando sin frenos, como caballos desbocados.

Tan pronto convienen en leer todos a un mismo tiempo y con gritos, como también bajan la voz con cierta moderación. Pero, con el tiempo, todo va aumentando en intensidad y rapidez, hasta que levantan un barullo infernal de padre y señor mío.

Ahí, ni el diablo puede entenderlos ni contenerlos. Por allá, unos se ponen a saltar sobre las carpetas. Por acá, otros se ponen a pelear y a perseguirse. Por más allá, algunos se arrojan cuadernos y libros…

Y así, hasta que alguien o el encargado de la disciplina grita a voz en cuello:

– ¡Sileeeeenciooooooo, loros bullangueros!

Pero, ni aun así, los alumnos pueden frenar los ímpetus de muchachos malcriados. Y siguen volando avioncitos de papel, motas, bolas de papel arrugado, lápices, borradores, tajadores…

Otros, se traban en peleas sobre los asientos, y ruedan trenzados como culebras o lombrices por el suelo polvoriento. Algunos juegan a las bolas o canicas haciendo hoyitos en el suelo. Los más atrevidos, hacen bailar sus trompos, para luego sostenerlo girando sobre la palma de sus manos…

Jesusmariayjosé, toda el aula se convierte en una baraúnda diabólica, de gritos, golpes, risotadas y carreras. Hasta que alguien llega desde el patio, gritando:

– ¡El maestro! ¡Viene el maestro Qala Ñawi, con su látigo!

Entonces, como por encanto, todos se quedan muy quietecitos en sus carpetas, leyendo sus libros en voz baja, muy concentrados, muy angelicales, como si no hubieran hecho nada malo.

Pero, los despojos dispersos en el aula, los avioncitos de papel, las bolitas arrugadas, sus rostros colorados y sudorosos y empolvados, están delatando la catástrofe que han desatado hace nomás unos instantes.

– ¿Quién ha sido el que empezó todo esto? –pregunta el maestro.

Y todos responden al unísono, como si hubiesen tomado ese acuerdo con antelación:

-¡Nadie fue, maestro!

– ¿Y quién es ese Nadie?

– ¡Es el alumno Nadie, pues, maestro!

**********

– ¿Y saben dónde está el alumno Nadie?

– ¡No, maestro, pero debe estar en la clase!

– ¿Queeeé? ¿En esta clase?

– ¡Sí, maestro, él siempre para en la clase! ¡Nunca se escapa!

Y el maestro Qala Ñawi se queda sentado frente a su escritorio, muy contrariado él, pensando en cómo va a castigar a ese muchachito Nadie.

Se sonríe, por lo bajo. Sabe que los alumnos le están respondiendo con una broma inteligente e inocente. Y eso le gusta a él.

Pero tiene que castigar a los alumnos y empieza a llamarlos, uno por uno, blandiendo su palmeta de madera dura. En estos casos, cuando tiene que impartir castigo a todo el salón, no usa el látigo de tres puntas, sino la palmeta de madera dura:

-¡A ver, Nadie Sebastián Ludeña!…

– ¡Presente, maestro!

-¡Salga adelante!

El alumno Sebako sale y recibe su palmetazo, y realiza su respectivo gesto de dolor.

-¡Nadie Coco Espinoza!

Y el Cocucha, también, recibe su palmetazo.

-¡Nadie Absalón Trujillano!… ¡Nadie Demetrio Durand!… ¡Nadie Rigoberto Supanta!… ¡Nadie Félix Herrera!… ¡Nadie Francisco Guardia!… ¡Nadie Máximo Barraza!… ¡Nadie Eufemio Valencia!… ¡Nadie Isidro Remicio!… ¡Nadie Alfonso Huamaní!… ¡Nadie Claudio Huarcaya!…

Y así, salen todos los alumnos a recibir sus palmetazos. Y todos retornan a sus respectivos asientos, con un gesto de profundo dolor y sacudiendo la mano castigada, y frotándosela entre las piernas…

Pues, para el maestro Qala Ñawi, el alumno Nadie son todos los alumnos del aula…

-¡Conque el alumno Nadie! ¿No? –dice después el Qala Ñawi, con una sonrisita muy pícara, balanceando la cabeza, como que meditando o amenazando…

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