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miércoles, julio 17, 2024
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El visitador de gobernante | EDITORIAL

La presencia del gobernador de Ayacucho en la sede del gobierno regional resulta un hecho insólito pero aceptado, por las condiciones actuales de una democracia disfuncional, donde la norma es el estorbo, y los favores políticos: el clientelismo, es la ley.

El gobernador de Ayacucho Wilfredo Oscorima y la presidente de la República Dina Boluarte, son los mejores representantes de este clientelismo político, porque ni siquiera ocultan que lo utilizan, sino se jactan de aplicarlo y lo defienden, señalando que no existe nada de malo en ese tipo de conductas.

Vayamos al grano. Oscorima, cuya función es gobernar la región desde Ayacucho, cuando se le pregunta sobre sus continuas ausencias de Ayacucho, su respuesta es que está en Lima haciendo gestiones para conseguir dinero para obras que requiere la región. ¿Y, como lo obtiene? No lo dice, pero se supone a través de intercambio de favores.

Y justamente ahí es cuando surge el tema de los relojes Rolex, hayan sido un regalo o un préstamo, que al final es lo mismo: Yo, subalterno, te hago este favor a cambio de que me des un favor mayor. Este es un intercambio de favores extraoficiales y manifiestamente corrupto, como puede ser conseguir el presupuesto para una obra que no tiene expediente técnico.

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El gobernador de Ayacucho utiliza el clientelismo desde el 2010, cuando compró con dinero en efectivo de los electores de los barrios y comunidades pobres de Ayacucho y mandó a construir locales comunales, vecinales “con su plata”.

El clientelismo se ha institucionalizado en la contratación de personas para el recojo de firmas previo pago en efectivo o un regalo, los famosos “taper”. No se busca militantes ni siquiera simpatizantes, sino clientes, que son los que más aportan. Y este favor, se pagará una vez electo con otro favor: la entrega de obras o compra de bienes a la empresa de la que es propietario el “financista” de la campaña electoral.

No nos sorprende, por tanto, que el clientelismo de Boluarte y Oscorima, sea para ellos una forma de política normalizado. Por eso señalan que “hay de malo” en los favores o regalos. Y hay que decirlo con propiedad: El clientelismo es una herencia corrupta de la democracia peruana de la época de los gamonales, cuando se compraba votos con “pisco y butifarra”.

El objetivo, utilizar el poder y los recursos del estado, para el disfrute personal de quien ejerce el cargo y del clientelaje que han formado a su alrededor.

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