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sábado, abril 13, 2024
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Serenatas en Huamanga y serenateros | Opinión

Ernesto Camassi | Crónica
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¿Qué sabemos de serenatas y; cuando y quienes lo crearon?

Los estudiosos nos informan que nació en la Europa del siglo XVIII en los jardines de los palacios de los aristócratas.

Se originó de las baladas que los enamorados les cantaban a sus amadas. Músicos como Mozart y Bach lo convirtieron en música culta.

Las serenatas populares aparecen casi simultáneamente a las anteriores en países como España, Italia, Francia, etc. Después del Descubrimiento y Conquista del Nuevo Mundo, cruzaron “el mar océano” y se popularizaron en México Perú, Argentina, Colombia y otros.

Ubicando el tema a nuestra ciudad, si le preguntáramos a la nueva juventud sobre serenatas, pienso que su respuesta sería: ¿” Imataj chay”? ¿Qué es eso? Manam yachanichu, (no sé qué es eso).

Aunque no dispongo de ninguna base escrita sobre serenatas en esta Huamanga Colonial, leyendo las Tradiciones escritas por los señores   Néstor Cabrera Bedoya y Juan de Mata Peralta, como “Tres Máscaras”, “Puca Cruz” o “Helme”, narraciones que terminaron en tragedia; especulo que los protagonistas varones habrían llevado serenatas a su amada.

Para dar una serenata, se requería tener condiciones elementales, como: tener novia o enamorada, tener vocación al canto y ser buen velocista para escapar del tombo que estaba al asecho de los “serenateros”. Era una competencia de atletas velocistas, si te alcanzaban. Ni modo, 24 horas.

Otro elemento indispensable fueron los instrumentos musicales, (guitarras) que si había en casa era de papá. Si se daba cuenta su migración de casa, aunque sea por unas horas, la zurra era segura, previa requintada con palabras admonitorias como: “Cuando seas grande, serás un gran borracho”, un “Ampucha”, “veiticuatrino charranguero” y mil dicterios irrepetibles más.

Las serenatas más memorables que recuerdo fueron dadas en el barrio de La Amargura, así se llamaban los dos jirones que se entrecruzaban Cusco y Sol, residencia de las chicas más hermosas de mi tiempo. Claro que otras calles tenían lo suyo, pero sin la “abundancia” de estas dos cuadras.

Instrumentos, teníamos que alquilar de Mama Rosario o de “La Tambina”, siempre en La Amargura, previo pago de un sol por cada guitarra y si se rompían las cuerdas de metal de las guitarras con clavijeros de palo, tenías que reponer ipso pucho. Si la “tombería” te quitaba el instrumento, tu problema económico ya era más grave.

Para animarnos bebíamos unos tragos cortos dulces llamados Cinzano y Vermouth que eran unos vinos añejados, cuya existencia a la fecha, ignoro. ¿Embotellarán todavía? No bebíamos cerveza por su sabor amargo que lo llamábamos “pichi de burro”, tampoco pisco, muy fuerte.

Hecha la relación de las chicas agraciadas a “serenatear” trazábamos nuestra estrategia para no ser atrapados por la ronda policial. ¡Ah! No todas las serenatas tenían un final feliz, porque había madres de mal genio que te echaban agua desde el balcón; o lo que era peor: “pichi”.

Ya estábamos listos con la garganta y las guitarras bien afinadas para empezar con:

“Era una noche azul/ bañada por la luna, Era una noche azul/ azul como ninguna/ cuando dijiste tú/ adoro este momento…”

A los años de estas anécdotas, se me ocurre preguntar. ¿Por qué nos perseguían los uniformados? El pretexto para estas persecuciones, justificaban que eran “ruidos molestos” que perturbaban el sueño de los vecinos y los bienaventurados padres; pero…no a las hijas.

En realidad, nuestros cantos de moda de esos tiempos como boleros, rancheras, huaynos y yaravíes, no lo hacíamos mal, tampoco fueron disonantes ni estridentes. Porque las voces a capela de mi recordado “Senja” Julio Zúñica, con su hermosa voz de barítono, o la dulce voz del “Chancho” Jorge Lindo y sus rancheras y los arpegios de las guitarras no trascendían más allá de las ventanas de las damas beneficiadas.

“No quiero tu amor/ ni te lo exijo/ un amor como el tuyo,

Tan helado y frío: ¡ESO, NO QUIERO!”

En mi tiempo, probablemente los últimos años de esta tradición romántica de cantar serenatas, abundaron músicos y cantores. Es innegable que en la ejecución de las “seis cuerdas” no fuimos duchos. Pero nos defendíamos.

Cómo no recordar a ese famoso grupo de “Los Papachos” liderado por el desaparecido músico y compositor Hugo Vergara Suárez, de Augusto “Primisio” Tuppia, “Chihuaco” Mendieta, “Levi” Gutiérrez y otros. Gran grupo de músicos serenateros.,

Otros cantantes como el tenor Rodrigo “Opo” Guerra, Lipo Lara y los hermanos Ruiz de Castilla, del “Chino” Fernando Ruiz de Castilla, gran requintista, principalmente de los boleros de “Los Panchos”, de  Carlos “Cajón” Falconí y César Augusto “Cucho” Martínez, Roberto “Niño cholo” Arce, Boris Larrea, Eduardo Valdivia, Máximo y Eladio Alarcón que integraron “Los Monarcas”, posteriormente “Los Jodelay”, perdón, “Los Holiday”, Aquiles “Chicho” Orellana y Pablo Alcócer, Alejandro “Chalin” Valer y Miguel “Cachi” Morote, “Bombonitas” González, “Tacacho” Onofre, “Baulcha” Vallejos, “Ralich” De la Cruz, Mario “Joven Valor” Laurente y; tantos otros amigos. Honor y paz a los que nos esperan “arriba”.

Nuestra estrategia para cada serenata era diferente; por ejemplo: para llevarle serenata a la “Torcaza” de Julio el “Botarate” que vivía a escasos metros de la Comisaría, el “Bebe” M. Se paraba de “campana” en la esquina del actual Dirección Regional de Educación. Al silbido de alerta del susodicho, arrancábamos hacia la Alameda. Esta serenata, “por su alta peligrosidad” tenía que darse bajo ciertas condiciones, como que el interesado tenía que “birlar” del establecimiento de su papá, por lo menos dos champanes extranjeros para matizar las horas previas al “peligroso evento”. En el mismo sector, dar serenata a las normalistas internas, fue más sencillo, porque le cantábamos desde Curcucalle, el edificio no permitía que la música llegara hasta la Comisaría. El repertorio, solicitaban ellas, con papeletitas que caían de las ventanas del internado.

Para finalizar esta “Crónica” les cuento una anécdota de las tantas que se quedan en el recuerdo. A uno de nuestros amigos, citados más arriba, siempre le pedíamos su colaboración para serenatear a las amigas que gustaban de nuestras voces y toques de guitarra. Algunas noches no quería beber ni una pizca de trago y nos pedía comprarle chaplas calientitas del horno de Munay Pata, nosotros le complacíamos y le pusimos la “chapa” de “Panecitos”. Más adelante su requerimiento aumentó un poco más y quería la chapla con portola, el autor de la nueva “Chapa” fue Julio Cavero; y “Portola” sigue junto a nosotros en este valle de lágrimas.

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