curas, monjas, militares, policías, jueces y hasta profesores.
Esto es una demostración del gran abismo que separa a unos de otros, y se entiende en una cultura de guerra, que es muy impregnada entre la población peruana, y se manifiesta cuando vemos al otro como el enemigo, y los deshumanizamos.
Parte de esta cultura de odio es el racismo y la intolerancia. En el primero, desconoces al otro como tu igual, y está muy impregnad no sólo entre los limeños, sino en las élites y hasta en las clases medias urbanas en ciudades como Ayacucho.
Por eso el carnaval no es una fiesta en la que participan todos, desde los campesinos con sus costumbres rurales junto a los citadinos con sus comparsas con el vestido de la huamanguina de clase media baja del siglo XX, más propiamente, es la ropa de las comerciantes de los mercados.
Es una fiesta de los cholos, porque la élite celebraba y y la nueva élite, celebra los carnavales con bailes sociales, cuando hay reinado, en el salón consistorial el sábado y bailes de disfraces los días siguientes en el club 9 de diciembre, y viendo pasar las comparsas desde sus balcones.
Pero volvamos al discurso de odio, que se ha incrementado peligrosamente después de los sangrientos sucesos del 15 de diciembre. Hay palabras que sintetizan esta mirada no como un competidor, sino como un enemigo a los integrantes de una comparsa ue entona canciones que las consideramos ofensivas.
Si unos en sus canciones califican a los protestantes de vagos, violentistas y terrucos, hay otros que califican, también en sus canciones de asesinos y criminales. Esto no ayuda a buscar un sentido mínimo de diálogo entre las partes que están en conflicto.
Ya es tiempo de bajar el tomo de la voz y suprimir las frases que estigmatizan al contrario, con el que discrepamos, pero no es nuestro enemigo.



