Pese a ser una de las regiones con mayor población de cabras del Perú, Ayacucho mantiene a su producción caprina en el abandono. Ni el Estado ni el mercado reconocen su valor nutricional, económico ni ambiental. Mientras las políticas ganaderas privilegian la producción vacuna, miles de familias rurales sobreviven criando cabras sin asistencia técnica, sin acceso a crédito y sin canales de comercialización.
Javier Pareja, docente de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga (Unsch), lidera una investigación financiada por el Fondo de Compensación Ambiental (Focam) sobre “El impacto de las cabras en la biodiversidad en la región de Ayacucho”. Su trabajo pone sobre la mesa una verdad incómoda: la producción caprina es una de las más importantes del sur andino, pero también una de las más olvidadas.
“Ayacucho está entre el segundo y tercer lugar a nivel nacional en población caprina. De los cerca de dos millones de ejemplares del país, el 10% está aquí”, explicó Pareja. “Sin embargo, no existe una sola política pública regional que impulse esta cadena productiva”.
El estigma del “ganado del pobre”
El investigador señala que la marginación de la ganadería caprina no es casual, sino cultural y estructural. Durante décadas, se ha asociado a las cabras con la pobreza y la precariedad rural.
“Siempre se le ha llamado el ‘ganado del pobre’, y eso ha calado incluso en los funcionarios. No se invierte porque se asume que es una crianza menor, sin futuro industrial. Pero eso es falso”, enfatizó Pareja.
Esa etiqueta ha tenido consecuencias reales: falta de asistencia veterinaria, ausencia de programas de mejoramiento genético y nula presencia en los planes de desarrollo agropecuario regional. Mientras el ganado vacuno cuenta con campañas sanitarias y apoyo financiero, la producción caprina se mantiene invisibilizada.
A nivel nacional, según el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri), la leche caprina representa menos del 2 % del total de leche producida en el país, pese a su valor nutricional superior. La mayor parte de la producción se concentra en pequeños rebaños familiares dispersos, sin organización gremial ni acceso a tecnología de transformación.
Potencial ignorado
Paradójicamente, la cabra es una de las especies más resistentes y adaptables a los cambios climáticos. Su crianza demanda poca agua, aprovecha terrenos áridos y ofrece leche con alto valor proteico, más digestible y menos alergénica que la leche de vaca.
“La leche de cabra es una de las más parecidas a la humana. Su valor nutritivo es altísimo, pero aquí no se reconoce. La mayoría de la producción se consume en casa o se pierde porque no hay cómo conservarla”, explicó Pareja.
En el norte del país, regiones como Lambayeque y Piura ya desarrollan mercados locales de queso y yogur caprino que generan ingresos sostenibles para comunidades rurales. En Ayacucho, en cambio, los criadores siguen dependiendo únicamente del autoconsumo.
“Aquí no hay ni siquiera una planta formal que procese leche caprina. No existe infraestructura, ni cadenas de frío, ni programas de promoción. Todo queda en la buena voluntad de los productores”, sostuvo el investigador.
Ciencia y campo: una alianza pendiente
El proyecto que lidera Pareja no solo busca evidenciar el valor productivo del ganado caprino, sino también su relación con la biodiversidad y la salud animal. Los primeros resultados muestran altos niveles de parasitosis y escaso control sanitario en los rebaños, un reflejo directo del abandono institucional.
“Ayacucho tiene condiciones ideales para desarrollar una ganadería caprina sostenible, pero eso exige un cambio de mirada: dejar de ver la cabra como símbolo de pobreza y empezar a verla como fuente de desarrollo”, subrayó Pareja.
La marginación de la producción caprina no solo afecta a los criadores, sino que también perpetúa la desigualdad rural. Cada cabra representa alimento, ingreso y autonomía para las familias campesinas, pero sin políticas de fomento, su potencial se diluye.
En una región que alberga el 10 % de la crianza nacional, las cabras siguen pastando en silencio, fuera de los discursos oficiales sobre competitividad y desarrollo. Su leche, la más parecida a la humana, sigue siendo tratada como un producto menor.
El desafío, coinciden los investigadores, es político y cultural: romper con el prejuicio que asocia pobreza con atraso y reconocer que, detrás de cada cabra, hay una oportunidad concreta para fortalecer la soberanía alimentaria y la economía rural de Ayacucho.



