Entre escenas desgarradoras y cánticos andinos, el pueblo de Huascahura dio el último adiós a Thalía Bonilla Barboza (35), su pequeño hijo Said (7) y la madre de ella, doña Elizabeth Barboza Mendoza (58) quienes murieron tras ser brutalmente atropellados por un conductor que huyó cobardemente tras el accidente.
Era un cortejo largo, lento y doloroso. La procesión fúnebre partió desde el corazón del centro poblado de Huascahura. Familiares, amigos, vecinos, compañeros del colegio Froebel y hasta desconocidos se sumaron a la multitud. Muchos cargaban flores, otras pancartas con frases de indignación:
“¡No fue un accidente, fue negligencia!”, “Justicia para Thalía, Said y Elizabeth”, se leía.
La tragedia
El hecho ocurrió la noche del 23 de agosto en la vía Evitamiento, una ruta donde las quejas por exceso de velocidad e imprudencia son frecuentes. La familia se dirigía en una moto lineal rumbo a su vivienda. Nada parecía fuera de lo normal.
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Pero en cuestión de segundos, todo se apagó. Una cámara de seguridad registró el momento exacto en que el vehículo los embiste violentamente.
El presunto conductor, identificado como Diego Quispe Sulca (24), lejos de auxiliar a las víctimas, escapó del lugar y, según testigos, fue visto más tarde en una cantina, bebiendo como si nada hubiera pasado. Hasta el momento, se encuentra prófugo.
Protesta y clamor popular
Antes del entierro, los deudos se dirigieron en caravana hacia la sede de la Fiscalía en Ñahunpuquio. Allí realizaron un plantón para exigir que el caso no quede en la impunidad. Gritos de protesta se elevaron al cielo, mezclados con lágrimas y el dolor colectivo.
“El asesino está identificado, hay cámaras, hay testigos, ¿Qué más necesitan para capturarlo?”, refirió la prima de Thalía. “No vamos a descansar hasta verlo pagar. Esta no es solo una tragedia familiar, es una injusticia para todo Huascahura”, dijo.
A su lado, don Juan Bonilla, padre de Thalía, apenas podía mantenerse en pie. Con la voz quebrada, expresó:
“Nos los arrebataron de un momento a otro. Mi hija era madre soltera, trabajadora, luchadora. Said era un niño lleno de sueños. No hay palabras, lo único que pedimos es justicia”, sostuvo.
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El último adiós
Ya en el templo de Huascahura, la misa se celebró en medio de un silencio respetuoso. Compañeros de aula de Said colocaron flores sobre su pequeño ataúd blanco.
Desde ahí, el entierro avanzó hacia el cementerio de Huascahura. Acompañados de música ayacuchana y de banda, los féretros fueron llevados en hombros. Las notas del violín se mezclaban con los lamentos, mientras el cielo se nublaba como si también llorara.
Justicia pendiente
En el camposanto, dirigentes comunales tomaron la palabra. Uno de ellos, visiblemente afectado, señaló:
“No podemos permitir que esto se repita. Hoy fue Thalía, mañana puede ser cualquier vecino. Exigimos que el Ministerio Público y la Policía hagan su trabajo. No más impunidad, no más muertes por culpa de irresponsables al volante”.
La familia Bonilla Barboza fue sepultada entre lágrimas, flores y promesas de justicia. El pueblo, aún en shock, parece haber despertado también una voz colectiva que no piensa callar, ya que hasta el momento el responsable de este lamentable hecho aún no fue capturado.
Porque lo que sucedió el 23 de agosto no fue un hecho aislado: fue el reflejo de un sistema que falla en castigar a quienes juegan con vidas ajenas. Y Huascahura, ahora enlutada, no está dispuesta a olvidar.
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