En diversas regiones del país, desde Ayacucho hasta Puno y Cajamarca, miles de familias campesinas siguen labrando la tierra como lo hicieron sus antepasados. A pesar del escaso apoyo estatal, la falta de acceso a créditos, tecnología o infraestructura, y el impacto directo del cambio climático, el campo peruano no se rinde.
“Nosotros no pedimos regalos, solo que respeten nuestros derechos”, afirma Juana Huarcaya, lideresa comunal en Vilcashuamán, Ayacucho. La comunidad que representa aún produce papa, maíz y quinua con técnicas tradicionales, pero enfrenta severas sequías y heladas.
La migración de jóvenes a las ciudades es otro fenómeno creciente.
“Muchos se van porque aquí no hay oportunidades. Pero quienes nos quedamos, resistimos”, dice don Gregorio, un agricultor de 68 años de Huancavelica.
Organizaciones agrarias han exigido políticas públicas que fortalezcan el agro familiar. El presidente de la Confederación Nacional Agraria denunció que “en el presupuesto nacional, el agro sigue siendo invisible”.
Pese a todo, el campesinado continúa sembrando no solo alimentos, sino esperanza. Su lucha cotidiana mantiene a flote la soberanía alimentaria del Perú, aun cuando el Estado les dé la espalda.
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