Durante estas festividades, muchos nos acercamos a nuestros seres queridos, y a veces a aquellos que no son tan cercanos, para abrazarlos y desearles “Feliz Navidad” o, cuando llega el momento, “Feliz Año Nuevo”. Estas frases se han convertido en una parte tan rutinaria de nuestro discurso anual que, en ocasiones, pueden sentirse vacías, sin mucha profundidad ni conexión genuina. ¿Qué más podemos decir en estas fechas? ¿Qué deseamos realmente más allá de un simple “Feliz Navidad”?

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Estos deseos pueden ir acompañados de las mejores intenciones, de un futuro próspero y un nuevo ciclo lleno de oportunidades, pero, al mismo tiempo, hay algo en ellos que parece predecible, como una costumbre que repetimos sin cuestionarla. Y es en este punto donde vale la pena reflexionar: ¿por qué no hacer algo diferente?

Joaquín Sabina, un referente indiscutido de la música en español, ofreció el año pasado un mensaje que desafiaba los típicos buenos deseos navideños. Sabina, en lugar de recurrir a lo común, compartió su propio deseo con todos sus seguidores, invitándonos a pensar en una Navidad más profunda, más significativa, que conectara con lo que realmente deseamos y necesitamos. Él no pidió simplemente “Feliz Navidad” ni un “próspero año nuevo”. Su mensaje fue otro más auténtico:

“Te deseo coraje para decir basta,
Te deseo que olvides a quien se olvidó de ti,
Te deseo que puedas cerrar puertas y abrir ventanas,
Te deseo que no te conformes, que no te quedes con la culpa,
Te deseo que te atrevas,
Te deseo que te quieras,
Te deseo ojeras y risas,
Te deseo locura y magia,
Te deseo errores para aprender,
Te deseo viento para dejarte llevar…”

Y continúa con una lista de deseos sinceros que van mucho más allá de los típicos de salud y prosperidad. Sabina nos invita a desear lo que realmente importa: el coraje para tomar decisiones importantes, el amor propio, la valentía de no conformarse con menos, y la capacidad de aprender de los errores.

¿Qué queremos realmente cuando deseamos “Feliz Navidad”? Puede que muchos lo digamos por costumbre, por compromiso social o por educación. Pero detrás de esas palabras, ¿Qué hay realmente? No siempre somos completamente sinceros, y es que a veces las palabras más comunes esconden los deseos más profundos que guardamos en nuestro interior.

Bill McKibben, escritor estadounidense, lo expresó de una manera acertada: “No existe la Navidad ideal, solo la Navidad que usted decida crear como reflejo de sus valores, deseos, queridos y tradiciones.”

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Y esto es precisamente lo que quiero resaltar: la Navidad no es solo la cena, los regalos o el árbol. En un mundo que se ha vuelto cada vez más materialista, ¿Qué sentido tendría que la Navidad se definiera por lo que compramos? No es el pavo en la mesa ni los adornos los que le dan el verdadero significado. En lugar de eso, la Navidad debería ser una oportunidad para renacer, para reinventarnos, para pensar en las decisiones y los cambios que queremos implementar en nuestra vida.

Quizá, dejando a un lado el enfoque religioso o el consumismo desenfrenado, podríamos darle a la Navidad un nuevo significado: la posibilidad de un nuevo comienzo. No se trata solo del nacimiento de Jesús, sino del nacimiento interior que todos podemos experimentar a través de nuestras propias decisiones, transformaciones y aprendizajes. Este podría ser el verdadero regalo que nos demos a nosotros mismos y a los demás: la oportunidad de crecer, cambiar, aprender y ser mejores cada día.