Domingo, diez de septiembre de 1984. La noche quedó grabada en la memoria de los pobladores del comunidad de Pacucro, en el distrito de Huamanguilla. Testigos mudos, de las asonadas que ha esculpido la violencia del Partido Comunista del Perú- Sendero Luminoso (PCP-SL).
Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), ingresaron a la comunidad de Pacucro, entre 15 a 20 encapuchados, integrantes del PCP-SL, armados de cuchillos, machetes, hachas y armas fuego, engañaron a los ronderos y asesinaron a 43 personas. También incendiaron viviendas, mataron el ganado y la cosecha del año.
Han pasado 43 años de esta tragedia y las heridas continúan abiertas. Los familiares de los desaparecidos, asesinados, ejecutados extrajudicialmente, así como los desplazados víctimas de la violencia, aún buscan justicia y reconocimiento. La búsqueda de la verdad se ha convertido en una batalla por la memoria histórica, y los esfuerzos por construir un futuro más equitativo.
“wawaykunata qawaykutiymu, sunquypas richkarirqa (Cuando vi a mis hijas mi corazón volvió a latir)”.
La noche de luna llena era una amalgama de sentimientos que se balanceaba entre la esperanza y el terror. La resonancia del silencio que hace unas horas era su escondite, ahora era una tortura que incrementaba los latidos de su corazón.
Con los pies descalzos y fríos, una falda delgada, Fidela De La Cruz, tenía 32 años. Avanzó desesperadamente en busca de sus hijas, cada paso hacia adelante eran heridas punzantes de incertidumbre, pero la necesidad de conocer la verdad era un impulso que no podía detenerla.
Mientras Fidela sostenía con fuerza a su bebe de dos años, Rubén Ccorahua, los recuerdos de sus hijas inundaban sus pensamientos, las lágrimas le resbalaban por sus mejías congeladas por el frio. A medida que avanzaba veía a lo lejos las casas, el ganado y la cosecha convertida en cenizas.
Justo al amanecer, sentía el desolado paisaje que se extendía frente a sus ojos. La tristeza le generaba un nudo en la garganta, que amenazaba con ahogarla. La imagen de su casa en escombros, era una prueba cruel de brutalidad de la guerra que enfrentaba su vida.
Sin embargo, en medio de la desesperación, un rayo de esperanza emergió, entre el caos y el pánico: pudo ver a sus tres hijas, allí, combatiendo el fuego que calcinaba la casa. Las más pequeñas, Cristina y Margarita, tenían las dos trenzas desaliñadas, los ojos llorosos e hinchados, y las mejillas sucias por las cenizas.
Victoria la hija mayor con su coraje a cuestas intentaba mantener la calma, pero su resistencia tenía límites. Fidela se precipitó a ellas, sintiendo como su llanto penetraban como cuchillazos a lo más profundo de su ser.
“Mamaytachiki wañurachinku, chaychiki turiyqa waqakuchkan (Habrán asesinado a mi madre, por eso estará llorando mi hermanito)”
Victoria, de trece años, salió de su escondite entre los rosales tres horas después. La luna llena brillando suavemente sobre el camino y los campos circundantes. Victoria caminó con sus hermanas y compartió la inseguridad y el dolor que sentían. Cada paso que daba era un enfrentamiento constante con la tragedia de esa noche.
La imagen de su madre y su hermano brutalmente asesinados aparecían en su mente, y se hacía más real cuando escuchaba a los lejos los sollozos de un niño.
El denso frio de la mañana llegaba y se impregnaba en la chala de los maíces y habas. El ganado de sus vecinos, había desaparecido, y a lo lejos, se podían ver muchas casas que desprendían humo.
En el camino se toparon con militares que estaban recogiendo cuerpos mutilados cruelmente, en una especie de camilla improvisada; algunos cuerpos estaban acuchillados en el pecho, cortados por la garganta, desnudos, con rostros de tortura y hasta se sentía el olor de la sangre.
Ante tal escena Victoria estuvo aterrada, y preguntó a los militares sobre su madre y su hermanito, y le respondieron que si la encontraba iban a recoger su cuerpo; Victoria tuvo un revuelco en su corazón, al menos podían encontrar su cuerpo.
Se alejaron los policías y se quedó con sus hermanas y su abuela para dirigirse a su casa. Cuando llegaron empezaron a brotar lágrimas, su hogar estaba en llamas, en ese momento de acción desesperada; trató de salvar los alimentos que se encontraban en una olla de tierra.
La mitad de los alimentos estaban totalmente carbonizados; y la mitad estaban quemados, pero aun así podrían comerlos; trató de sacarlos y darles a sus pequeñas hermanitas, para que puedan aplacar el hambre.
Buscó un recipiente para llevar agua, pero sin éxito alguno saco sus zapatos de jebe, y corrió a la acequia más cerca a traer agua para poder apagar el fuego.
De pronto apareció su madre descalza, con su hermanito en brazos, una felicidad acompañada de un nudo en la garganta incendio su ser; vio como sus hermanas se precintaban hacia su madre llorando, y es cuando ella también corrió a refugiarse en sus brazos.
“mamayta qawaykutuymi, wiqiypas maymantañaya sutumurqa (cuando vi a mi madre, no sé de dónde ya habrán salido mis lagrimas)”
Cristina, una niña de tan solo 11 años, avanzaba junto a sus hermanas hacia lo que una vez había sido su hogar. El sonido del chillar de los cerdos, que estaban siendo consumidos por el fuego que hacía que la grasa se derritiera, era un eco escalofriante en medio de la tragedia. Los cadáveres en el camino, acuchillados y la sangre derramada, mezclándose con la tierra, era una macabra danza de la muerte. El cielo del amanecer era un testigo mudo de la tragedia. La ausencia de las vacas y ovejas que solían pastar en los campos era una señal inquietante de que algo terrible había ocurrido.
Se decía que los terroristas de Sendero Luminoso habían atacado, llevándose consigo no solo las vidas y la seguridad de la comunidad, sino también su sustento.
Su casa se consumía en las llamas, y aún estaba devorando todo a su paso. La ropa, los alimentos y los cultivos que eran su sustento habían sido reducidos a cenizas. Cristina intentó rescatar una olla de aluminio de entre los escombros, pero incluso ese pequeño esfuerzo de recuperar algo familiar se desvaneció cuando se dio cuenta de que la olla se había derretido a la mitad.
Sus cuyes que antes en las mañanas chillaban, ahora solo eran cenizas, se notaba la grasa derretida y la carne a poco cocer.
Se miro los pies. Estaba descalza, y con la única ropa puesta que tenía. Pero eso no importaba, solo quería ver a su madre y correr hacia sus brazos, más aún cuando las imágenes de sus vecinos asesinados, víctimas de la crueldad de los ataques, se convertían cada vez más en cicatrices mentales más profundas.
De repente, como un rayo de esperanza en medio de la desolación, apareció la figura de su madre, descalza, chakchando su coquita y sosteniendo a su hermanito en su regazo.
El corazón de Cristina dio un vuelco en su pecho mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, emergió de entre las cenizas y los escombro.
Era su madre, Su historia es un testimonio de la resiliencia del espíritu humano y de la capacidad de encontrar luz incluso en los momentos más oscuros.
“Alluquchaypas ninapin rupasqa (hasta mi perrito había ardido en llamas)”
Margarita Cárdenas con nueve años de vida, vivía una pesadilla de la que no podía despertar. Ella estaba frente a lo que una vez era su hogar, ahora solo quedaba ceniza y caos. Su pequeño corazón latía con desesperación y dolor cuando enfrentaba la cruda realidad que tenia frente a sus ojos.
Las llamas habían consumido absolutamente todo lo que amaba. Desesperada corrió desafiando al fuego en rescate de no solo fragmentos de objetos, sino de su vida.
Con decisión entro a lo que quedaba, y su mirada se posó en el lugar donde descansaba su fiel compañero, su perro. Pero lo que encontró, fue una escena que aún queda grabada en su memoria: cenizas y carbón era lo que quedaba de su amigo peludo, su pelo marrón ahora era cenizas, sus dientes blancos y fuertes estaban sin vida y color. Se acercó y se desplomó, y no supo que hacer, el sufrimiento de dolor que habría experimentado era palpable, el olor a carne chamuscada era tan fuerte ahora que estaba en todo el ambiente.
Margarita, se levantó con determinación y fue a parar donde sus hermanas, es cuando de pronto apareció su madre, cargando a Rubén, y otra vez las lágrimas empezaron a caer hasta que le nublaron la vista.
El testimonio de esta familia sobre el conflicto armado interno, que ha dejado heridas físicas y mentales que persisten hasta hoy. Sin embargo, esta historia no se limita a la tragedia, sino que también ilustra la determinación de superar y afrontar las adversidades “nos quedamos sin nada, pero nunca dejamos de luchar por nuestras vidas” mencionó Victoria Cárdenas.
Este conflicto recuerda los problemas que enfrenta toda la sociedad. La recuperación de las familias requiere atención de las autoridades, colaboración y la búsqueda de la memoria y soluciones que restauren la paz y reconciliación.



