En un contexto político cada vez más crispado, las categorías desde las ciencias sociales vuelven a cobrar relevancia para interpretar la vida pública del país.
El reconocido antropólogo e investigador Abilio Vergara Figueroa, con amplia trayectoria académica en el estudio de la violencia, el poder y la cultura andina, reflexionó sobre un concepto que ha desarrollado con fuerza en sus investigaciones: la necropolítica.
Vergara plantea que la necropolítica, en términos simples, refiere al ejercicio de un poder que decide quién vive y quién muere. Pero no se trata solo de una acción individual o aislada, sino de estructuras de poder, estatales, institucionales o criminales, que definen colectivamente el destino de poblaciones enteras, muchas veces desde la indiferencia o el abandono.
Políticas públicas que no garantizan salud, educación o seguridad, fallas sistemáticas que permiten que comunidades enteras queden sin acceso a medicinas o alimentos, o que legitiman la violencia por omisión, forman parte de este entramado.
En su lectura, este tipo de ejercicio de poder ha tenido expresión concreta en la historia reciente de Ayacucho.
Durante los años más duros del conflicto armado interno, Sendero Luminoso, junto con las fuerzas estatales, reprodujo una lógica necropolítica brutal.
Ambas partes disputaban el control del territorio a través del terror, utilizando el cuerpo como mensaje: el asesinato, la desaparición y la tortura como signos del poder sobre la vida y la muerte.
Esa herencia, sostiene Vergara, no ha desaparecido del todo. Permanece latente en las estructuras verticales, autoritarias y patriarcales que aún persisten en muchas regiones andinas, y que facilitaron en su momento la adhesión de sectores jóvenes al dogma senderista.
Un entorno donde no se permitía el disenso ni el pensamiento crítico fue terreno fértil para una ideología que anteponía la obediencia ciega a la reflexión colectiva.
Hoy, a puertas de nuevas contiendas electorales, el fantasma de ese pasado vuelve a ser instrumentalizado.
Para el investigador, la narrativa del “terruqueo”, la descalificación violenta de toda propuesta progresista bajo la acusación de terrorismo, se ha convertido en una estrategia política habitual de ciertos sectores.
En especial, señala, del fujimorismo y de aquellos que respaldan al actual régimen. “Ya han empezado a activar esa maquinaria”, advierte.
Vergara considera que este tipo de campañas buscan deslegitimar al adversario, y bloquear cualquier intento de cambio estructural. El discurso “anticaviar” es una muestra más, una etiqueta fabricada para desacreditar toda defensa de los derechos humanos, las libertades civiles o la participación ciudadana. “La condena a la justicia social se viste de burla o insulto”, apunta.
Sin embargo, recuerda que no todo está dicho. Pone como ejemplo el caso de México, donde Andrés Manuel López Obrador fue atacado durante años como radical o castrochavista, y sin embargo, fue electo con una mayoría contundente.
“La reacción de la ciudadanía puede revertir esa narrativa, pero necesita organización, unidad y memoria”, sostiene.
Y es aquí donde lanza una advertencia mayor. Si las fuerzas democráticas, desde la izquierda hasta el centro político, no logran articularse, el país podría repetir el escenario fragmentado de elecciones anteriores.
“Parece que nuestro destino es elegir entre el cáncer y el sida, como dijo Vargas Llosa. Pero no debería ser así. Depende de nosotros”, concluye.
El investigador hizo un llamado a los líderes políticos, y a la ciudadanía en general. Señaló que la desafección hacia la política, la apatía electoral y la desconfianza generalizada alimentan el statu quo.
Para superar ese escenario, sostuvo que es urgente una ciudadanía activa, con memoria histórica y conciencia crítica, capaz de involucrarse en la defensa de los derechos y en la exigencia de cambios reales.
En regiones como Ayacucho, donde la violencia dejó huellas profundas, Vergara enfatizó la necesidad de entender cómo se ejerce el poder y de estar alertas frente a su uso arbitrario o excluyente.
Afirmó que solo a través del conocimiento, la organización y la participación informada se podrá fortalecer una democracia realmente representativa y evitar que se repitan los errores del pasado.
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