Lalo Quiroz | El Partero
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El 1° de mayo, en casi todo el mundo –excepto en Estados Unidos y Canadá—, se conmemoraría el Día Internacional del Trabajador (y la trabajadora, agregaría). Un día que nos remitiría a la Revuelta de Haymarket en 1886; una jornada de lucha, por parte del movimiento obreros anarcocolectivista y anarcocomunista estadounidense, que exigiría la jornada laboral de 8 horas. Tras las protestas, algunos obreros serían enjuiciados y condenados a la pena de muerte –uno de ellos se suicidaría—; siendo, posteriormente, reconocidos por su gremio como los denominados “Mártires de Chicago”. Hoy en día, posiblemente, muchos no los recuerden –y, peor aún, se piense que es una excusa para emborracharse un feriado más—; sin embargo, afortunadamente, aún perduraría la reflexión sobre los derechos laborales. Más aún, en una época que no sólo se debería hablar de trabajo digno; sino de precarización laboral, trabajo infantil y trabajo esclavo.
A propósito de esta fecha, me acordaría de un autor y un libro en particular que tendría la oportunidad de revisar durante mi estancia en la maestría de Estudios de la Cultura / Políticas Culturales en la Universidad Andina Simón Bolívar; y se trataría nada menos que del antropólogo anarquista estadounidense David Graeber y su obra Bullshits Jobs: A Theory (2018) (Trabajos de Mierda: Una Teoría). En esta obra, el autor trataría de esbozar su teoría partiendo de identificar a qué se referiría como ´trabajos de mierda’, señalando que serían aquellos en que incluso la persona que los realiza creería secretamente que no deberían existir; «un trabajo de mierda es una forma de empleo que es tan completamente inútil, innecesaria y perjudicial que incluso el trabajador no puede justificar su existencia». Sin embargo, Graeber afirmaría que parte de las condiciones del empleo sería que el que los realiza tiene que fingir que sí tiene relevancia su trabajo –por tanto, su labor—. Asimismo, el autor propondría que hay que saber distinguir entre dos tipos de trabajos que aparentemente podrían entenderse como ‘trabajos de mierda’ según la perspectiva: los primeros, se asociarían a trabajos que la persona no quiere realmente tener o realizar, sea porque la tratan mal, no le pagan bien o porque se da en condiciones difíciles –humillantes, vergonzosas, riesgosas o precarizadas—; los segundos, por el contrario, son trabajos bien remunerados, en donde se recibe un buen trato y en donde el trabajador se siente hasta respetado. En el primer caso, a pesar que el trabajador realiza una labor que no desea; al menos, sabe que está haciendo algo por su sociedad. Empero, en el segundo caso –el cual, para el autor sería el verdadero ‘trabajo de mierda’—, el trabajador siente que no está haciendo nada y que si su trabajo no existiera, el mundo no cambiaría en absoluto e incluso hasta podría convertirse en un lugar mucho mejor. Lo cual, nos llevaría a pensar en los puestos de trabajo que son creados para beneficiar a un ahijado o a activas guaripoleras de una candidatura –que luego se convertirán en ‘asistente del asistente’—; o tal vez, el trabajo de un burócrata que espera el fin de sus largos años de servicio, forrando y desforrando sus viejos archivadores. Sin embargo, además de lo mencionado, Graeber afirmaría que gran parte del trabajo que constituye el mercado laboral moderno carecería de sentido –aún, en contradicción, con el espíritu del capitalismo—; identificando a los: Flunkies (Lacayos), aquellos que con su actitud aduladora servirían para que sus superiores se sintieran importantes; Goons (Matones), aquellos que estarían al servicio de su empleador para coactar, perjudicar o engañar a quienes considerarían amenazas; Duct Tapers (Arreglalotodo), aquellos que solucionan temporalmente problemas que podrían arreglarse permanentemente.
En otro punto, el autor atribuiría a la ética del trabajo puritana-capitalista el haber convertido el trabajo en un deber religioso; en donde, el trabajo sería considerado un acto de virtud. Por otro lado, citando al escritor británico George Orwell –autor de las clásicas novelas 1984 y la Rebelión en la Granja—, asociaría a los ‘trabajos de mierda’ como una forma de control social: «una población que está ocupada trabajando, aunque sea en tareas totalmente inútiles, no tiene tiempo para hacer mucho más»; así, se vería representada la inutilidad en la economía moderna, reflejando la idea de que el empleo innecesario mantendría a la población demasiado exhausta y ocupada para cuestionar el sistema o rebelarse. Y un punto más que resaltaría de la obra de Graeber, es que el autor observaría que el sistema ponderaría el tiempo ocupado –así sea inútil— sobre el tiempo productivo del trabajador; en cambio, si se ocuparía realmente de la productividad, sostendría que el tiempo que no se dedicaría a un trabajo inútil podría emplearse en actividades creativas. En línea con este texto y con nuestras distópicas elecciones, esperemos que la labor de los futuros gobernantes del país no siga –mayoritariamente— siendo un ‘trabajo de mierda’.
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