No fue sólo Keiko Fujimori. Al coro se sumaron Lourdes Flores Nano, Jorge Del Castillo, Rafael López Aliaga y por supuesto el grupo El Comercio. Había que cerrar todos los espacios para que la cancha quede libre para el triunfo de la hija del dictador, pero fue en vano ¡Perdió!
No aceptó la derrota y dejó un país fragmentado. En ese crítico momento, un desconocido profesor rural, dirigente de una facción del magisterio, que había liderado una huelga que fracaso, no entendió el mensaje del pueblo peruano.
Él no había sido el ganador: había ganado el pueblo del Perú. La derrotada, por tercera vez, era la corrupción personificada en Keiko Fujimori. No lo comprendió Pedro Castillo y menos Vladimiro Cerrón y Guido Bellido, que se sintieron ganadores.
Los siete meses, previos a que asuma la presidencia Pedro Castillo, el Perú se había mantenido en un mar convulsionado, pero manejado con una timonel que llevaba el país a un buen puerto: Francisco Sagasti.
Fueron siete meses muy duros, con la permanente amenaza de un congreso de fulleros tramposos, que ocultaban sus cartas y salían a los medios a lavarse las manos y al interior complotaban contra el país, con leyes para desequilibrar el presupuesto, ya golpeado por la pandemia.
Formó Sagasti un gabinete ministerial, uno de los mejores que debe haber tenido el país en las últimas décadas, donde destacó por su firmeza y autoridad el ministro de economía, el ayacuchano Waldo Mendoza Bellido.
Terminado este corto periodo, los peruanos sabíamos lo que se venía. El presidente Pedro Castillo, en sus momentos que le quedan para meditar, debe estar arrepentido de haber aceptado ser presidente de una lista que estaba condenada a perder.
Debe de haber sido el más sorprendido de los resultados, tanto de la primera y segunda vuelta. Pero él, como los dirigentes de Perú Libre fueron incapaces de entender el mensaje de la ciudadanía.
El pueblo no quería corrupción. El pueblo quería un gobierno honesto. La mayoría de los que votaron por él, pertenecían a otros partidos políticos o eran independientes, en el mejor sentido de la palabra. Pero estaban hartos de Keiko Fujimori y no la querían ver en el sillón presidencial sino en el banquillo de los denunciados por corrupción.
Y eso, hasta el momento no lo entienden Castillo y Cerrón.



