Ascencio Canchari | Figuras y aspectos de la vida mundial
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Conocida como “la lágrima de la India” por su forma y ubicación geográfica, casi colgando en el mapa del subcontinente indio, la isla de Ceilán se independizó de Gran Bretaña en 1948, y en 1972 cambió su nombre por Sri Lanka y se convirtió en república. Pequeña pero densamente poblada, con poco más de 22 millones de habitantes, se destaca por sus bellas playas tropicales y por ser un paso comercial clave en las rutas marítimas del Océano Índico.
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La iconografía de los festejos tras las elecciones en Sri Lanka parecía sacada de otra época. Un mar de banderas rojas entremezcladas con pancartas gigantes con los rostros de Marx y Lenin decoraban la celebración del triunfo de Anura Kumara Dissanayaka(AKD), líder de izquierda coronado nuevo presidente de esta isla del sur asiático quedespertó la curiosidad internacional en un mundo atravesado por el auge de la extrema derecha. Pero la realidad aparece diversa, y la experiencia de Sri Lanka demuestra que la rebeldía que provocan las políticas de ajuste y precarización también puede volver a ser conducida por la izquierda. La última vez que las noticias de este país insular se colaron en la prensa global había sido en julio de 2022 para mostrar un peculiar estallido social, que incluyó la ocupación masiva del palacio presidencial y las imágenes de miles de manifestantes bañándose en la piscina, tocando el piano o sacándose selfies en el sillón del mandatario mientras éste huía a Singapur.
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Sobrevino un gobierno interino que buscó revertir el colapso económico acordando un préstamo con el FMI y su recetario ajustador, que lógicamente también fracasó. Ahora, dos años después de aquella revuelta, el malestar es capitalizado por una coalición conducida por un partido que se reivindica marxista. El tsunami político del 22 de septiembre le dio el triunfo a Dissanayaka, del Frente de Liberación del Pueblo(JVP), con el 42,3% de los votos. La elección significó un duro golpe para la élite tradicional y la implosión de las dos fuerzas que se alternaron el poder en las últimas décadas: el SLFP del presidente saliente Ranil Wickremesinghe (sacó el 17,2 %) y el UNP del clan Rajapaksa, que presentó al sobrino del mandatario depuesto en 2022 y apenas logró el 2,5 %.
AKD nació hace 55 años en un hogar de pequeños agricultores rurales. En los 80 se afilió al JVP y participó activamente en su ala estudiantil en una universidad pública, donde se recibió de licenciado en Ciencias Físicas. Desde el 2000 es legislador y en 2014 se convirtió en el máximo dirigente de este pequeño partido que se reivindica marxista-leninista, que participó en insurrecciones armadas en las décadas de 1970 y 1980, fue prohibido y se reintegró a la política institucional en 1994.
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AKD sedujo al electorado prometiendo una batería de programas sociales, aumentar el salario mínimo, fortalecer los derechos laborales y sindicales, reducir impuestos a los servicios básicos y subir la carga tributaria de los más ricos en un país donde el 1%posee el 31% de la riqueza. Pero sobre todo dejó en claro que su principal reto es romper con el ciclo de ajuste y endeudamiento externo: “No vamos a seguir siendo esclavos del FMI, el pueblo ya no aguanta más miseria”, aseguró en su discurso de asunción, y unos días después recibió a una misión del Fondo para renegociar el préstamo de casi 3 mil millones de dólares. Luego anunció la reestructuración de la deuda con los tenedores de bonos soberanos y la suavización de las condiciones que impone el organismo de crédito.
Como suele suceder, el auxilio financiero del FMI y sus “políticas de austeridad” más que una solución han sido parte del descalabro. En 2022, golpeada también por las secuelas de la pandemia, Sri Lanka declaró el default de su deuda externa, que se había quintuplicado en 15 años llegando a 56.000 millones de dólares. El gobierno impuso ajustes en salud y educación, subida de impuestos y recortes varios que empeoraron las condiciones de vida de las grandes mayorías, mientras la falta de reservas para importar provocó escasez de alimentos, medicinas y combustibles. El país se tornó inviable y el malestar social devino en la rebelión que expulsó del poder a la familia Rajapaksa. El Parlamento, también desacreditado, impuso al entonces primer ministro Wickremesinghe para completar el mandato, en lo que terminó siendo una gestión marcada por el acuerdo con el FMI y más ajustes.
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El nuevo Gobierno surge entonces de las ruinas de esa hecatombe, con una pobreza del 25% y un tercio de la población con inseguridad alimentaria, según el Programa Mundial de Alimentos. Con solo tres bancas parlamentarias de su partido, el nuevo presidente disolvió el Congreso y adelantó las elecciones legislativas para el 14 de noviembre. Vijay Prashad resume los dilemas que enfrenta: “El primer reto será ampliar el bloque parlamentario para poder implementar su agenda. En segundo lugar, surge la pregunta de qué hará con los pagos de la deuda externa, teniendo en cuenta que la cuarta parte de los ingresos de Sri Lanka se destina a los bonistas. ¿Dejará de pagar? ¿Pedirá más préstamos? Y en tercer lugar, ¿cuál será su agenda de desarrollo? ¿Cubrirá las necesidades inmediatas de la población o apostará a la inversión pensando en el mediano y largo plazo? La primera opción podría tener réditos inmediatos, pero la segunda podría mantener a la izquierda en el poder durante una generación”.
Otra incógnita es cómo jugará AKD en la disputa geopolítica global. La semana pasada recibió al canciller de India, con quien acordó profundizar la cooperación bilateral. También será clave conseguir el apoyo de China. Prashad explica que “la izquierda de la región está muy debilitada, sin embargo, la victoria del PNP es una inyección de ánimo y, si logra cambiar la dinámica dominada por el FMI, tendrá buena repercusión: una política alternativa real podría tener resultados inmediatos en la región”. La gran pregunta es si ¿será un Gobierno que aplique algunas reformas moderadas o si hará honor a su luz ideológico y se anime a avanzar en transformaciones de fondo? ¿Cómo va a maniobrar entre las expectativas de cambio y los condicionamientos del FMI?.



