Mario Cueto | Opinión de miércoles
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El domingo, elegiremos a quien ha de dirigir los destinos del país, entre dos candidatos que representan sectores radicales de la derecha e izquierda, que han intervenido en los debates, percibiendo que, por un lado, se tiene una organización política que no ha cambiado su libreto de gestión y por otro, un candidato incapaz de esclarecer vínculos con un sector radical; demostrando, en resumen, ambos, una pobreza de ideas, planteamientos y sin evidencias de signos de estadista potencial.
Y esta coyuntura electoral, con una democracia debilitada en las recientes décadas, nos trae, a modo de reflexión y análisis, la idea que sostuvo Sócrates, hace siglos, al afirmar que la democracia es peligrosa, no tanto porque admirase la tiranía, sino porque, consideraba que la democracia, destruía el pensamiento crítico; teniendo en cuenta que la democracia trata por igual todas las opiniones. Sócrates, consideraba que no todas las opiniones tienen el mismo valor, al sostener que la democracia recompensaba la popularidad y no la competencia, por lo que las masas votarían por aquello que les hace sentir bien, y no por lo que es correcto y necesario que, en otras palabras, se interpretaba como que las personas desinformadas, toman decisiones desinformadas. Del análisis del extenso concepto de Sócrates, sobre la democracia, también se concluye que, en la democracia, existen oradores que con habilidad, para manipular multitudes, apelando a las emociones, en lugar de la verdad y prometiendo soluciones fáciles, simples, para problemas complejos.
En nuestro medio, sería excelente analizar, evaluar estos conceptos de Sócrates, ante una realidad electoral que afrontamos, con una polarización e intolerancia, frente a opiniones y simpatías políticas contrarias, y al que muchas veces contribuimos, por ejemplo, al desinformar, acerca de los planes de gobierno, de acuerdo a nuestras posiciones políticas..
Al margen de las opiniones encontradas frente a Sócrates, la segunda vuelta permitirá la elección del nuevo gobernante, que nace, de principio a fin, deslegitimado, al igual que el Congreso y la coyuntura, se asemeja al de Colombia, que optó, para una segunda vuelta, por dos candidatos, representantes de polos opuestos, un conservador de derecha, y admirador de Donal Trump y uno de izquierda, pero con una diferencia con Perú.
En nuestro país, de 27 millones de electores, Keiko y Sánchez; obtuvieron, redondeando, 4 millones 900 mil votos, mientras que, en Colombia, obtuvieron cada uno, diez millones de votos, que significa, sumados, el 49 % de los 41 millones de electores colombianos. Es decir, en Colombia, los dos que pasan a segunda vuelta, acumulan prácticamente la mitad del electorado hábil, mientras que en el Perú, ambos, suman solo el 18 % del electorado, lo que significa que el ganador, tendrá una debilísima legitimidad y, por ello, tal vez, en Francia, cuando se dan estos casos, la segunda vuelta es tanto para las elecciones presidenciales, como para el nivel congresal y hasta regional.
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