Lalo Quiroz | El partero
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El jueves 28 de mayo último, el Departamento de Estado de EE.UU. anunciaría –como parte de su política de seguridad dirigida por Marco Rubio— que las dos organizaciones criminales más poderosas de Brasil: el Primer Comando de la Capital y el Comando Vermelho (Comando Rojo) serían incluidas en la lista de la denominada Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO, por sus siglas en inglés); lista que, previamente, habría incluido al Tren de Aragua de Venezuela, la Mara Salvatrucha de El Salvador (MS-13) y los distintos carteles de la droga que operan en México. Así, amparado en la ley que cobija a las FTO, el gobierno estadounidense podría intervenir militarmente –y de manera encubierta, como lo vendría haciendo la CIA en México— en los territorios que operan estas organizaciones criminales; pudiendo vulnerar la soberanía de estos países –por ejemplo, atacando supuestas ‘narcolanchas’—, bajo la justificación de amenaza a su seguridad nacional. Lo cierto es que, al margen de la política exterior injerencista y belicista de Estados Unidos, la problemática de la delincuencia y el ascenso de ciertas organizaciones criminales transnacionales en las últimas décadas obedecería a factores sociales como el aumento de la brecha de pobreza y las desigualdades.
En el caso de Brasil, el Comando Vermelho se originaría en la década de los años setenta –producto de la última dictadura militar— y el Primer Comando de la Capital aparecería a inicios de los años noventa –tras una masacre en la ex prisión Carandiru—; es decir, serían producto de la violencia estructural del propio Estado. «El Comando Vermelho nace en el interior de las prisiones, en el corazón del Estado», afirmaría la socióloga brasileña Carolina Grillo. En la actualidad, ambas organizaciones estarían compuestas por miles de miembros y tendrían un alcance extraterritorial; organizándose como especie de franquicias que responderían a estructuras complejas –tanto piramidales como horizontales—. Carolina Sampó, coordinadora del Centro de Estudios sobre Crimen Organizado Transnacional, en entrevista a BBC Mundo sostendría: «Estos grupos criminales son auténticos negocios empresariales. Su expansión tiene motivos económicos, como reducir costos. Se establecen en Paraguay y Bolivia, y en menor medida en Perú, porque allí se produce la droga».
La realidad del crimen organizado en Brasil, sería abordada por el cineasta Fernando Meirelles en su reconocida película Ciudad de Dios (2002); basada en la novela homónima de Paulo Lins. Una película que lograría retratar no sólo la dura realidad en una de las denominadas favelas –en donde, viven miles de personas en condiciones de extrema pobreza— en Río de Janeiro; sino, además, el deseo de salir de esa pobreza a través de medios respetables y otros no tanto como el negocio del narcotráfico. Y, en medio de ello, la violencia desatada entre bandas criminales; y, por supuesto, la intervención de las fuerzas policiales y militares y sus desastrosas consecuencias. Lo cual, nos haría recordar el ingreso de alrededor de 2.500 uniformados en octubre de 2025 a dos favelas de la ciudad Río de Janeiro para neutralizar al Comando Vermelho; dejando un saldo de 120 muertos –entre ellos cuatro uniformados—, 81 detenidos y denuncias de ejecuciones extrajudiciales.
En la película, Ciudad de Dios –ciudad que existe y que sería visitada por el expresidente Barack Obama en el 2011— es un proyecto de vivienda pública para personas de bajos recursos que se iniciaría en la década de los sesenta; pero que, lastimosamente, sería olvidado por el gobierno: reflejándose en la ausencia de escuelas, centros de salud y seguridad pública. Ante la ausencia del Estado y familias disfuncionales; las pandillas se convertirían en las únicas familias y la ley del más fuerte tomaría el control. La película nos muestra cómo, a partir de falta de oportunidades, niñas y niños se van convirtiendo en criminales muy rápido a lo largo de dos décadas. No hay buenos ni malos, sino víctimas del entorno y la propia realidad. Por ejemplo, Mané Galinha empieza como un hombre honesto; pero, tras sufrir una tragedia, se convierte en asesino por venganza. La trama de la película nos plantea dos rutas distintas ante la misma pobreza extrema. Buscapé, uno de los personajes principales, elegiría la vía de la legalidad y el trabajo honesto. Su afición por la fotografía y su deseo de convertirse en periodista, le llevaría a utilizar su cámara como su única arma para documentar la realidad y escapar del ciclo de violencia en el que ha crecido; por otro lado, Zé Pequeño –otro de los personajes entrañables—, optaría por el crimen organizado, encontrando en el narcotráfico la única forma de obtener poder y respeto en un lugar donde el Estado está ausente.
Así, mientras otro tipo de organizaciones criminales aparecería liderando las presidenciales –entre cocteles y posibles fraudes en nuestro país— y EE.UU. proclamaría que una nueva ‘narcolancha’ ha sido bombardeada de manera exitosa; nuestro Buscapé reflexionaría sobre la honradez en la jungla de cemento: «lucha y nunca sobrevivirás; corre y nunca escaparás […] el trabajo honesto no paga, imbécil».
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