Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Aún no se sabe si Roberto Sánchez será el ganador de las elecciones presidenciales 2026, o Keiko Fujimori. De una parte, está una propuesta orientada hacia el socialismo con una impronta democrática -sin teoría-. Y, de otra, la continuidad de políticas neoliberales mercantilistas que requieren del autoritarismo para su desarrollo.
Pese a ese contexto, para algunos el marxismo está superado, el pensamiento de José Carlos Mariátegui es obsoleto, y ya no se puede ideológicamente explicar la realidad. Estaríamos condenados a seguir la corriente mundial económica, política, cultural neoliberal, ese capitalismo salvaje, que se desarrolla con múltiples oposiciones en el mundo.
Pero, como señaló Víctor Pacheco, en los años 80 hubo “un giro mariateguiano” del marxismo en América Latina en donde la cuestión a discutir ya no era la de esclarecer el carácter heterodoxo del Amauta, sino sobre todo discutir las problemáticas de lo nacional a partir del filtro gramsciano”.
Retomar ese giró es importante, pues Mariátegui partió de la realidad, no de la ideología. En Europa, en donde se formó como marxista, llevó consigo la realidad peruana que había conocido, primero desde su condición de pobreza, y luego, como él diría, tras estar “nauseado de política criolla –como diarista y durante algún tiempo redactor político y parlamentario conocí por dentro los partidos y vi en zapatillas a los estadistas– me orienté resueltamente hacia el socialismo”.
Así, el socialismo peruano no nació en un escritorio. Germinó en las entrañas, las necesidades, los sentimientos del pueblo y sociedad. En un segundo momento, viene la reflexión sobre esa realidad, a la luz de la teoría, en nuestro caso, marxista-mariateguista. Y desde allí se contrastan las posibilidades de una estrategia y propuesta política.
De su contacto con la realidad y de asumir el marxismo como guía para la interpretación y acción, y no como dogma, surgió, de un lado, su propuesta intelectual mediante los “7 ensayos…”, que hasta hoy es un estudio referencial sobre la realidad peruana. Y, de otro lado, su propuesta política de que el partido socialista desarrolle la revolución democrática burguesa.
Tras su muerte, hace 96 años, acabó la creación del socialismo peruano desde el corazón de la sociedad, desde sus élites, las masas y el contexto. Lo cual reta al socialismo a retomar a Mariátegui. Pero, retomar el mariateguismo es retomar el marxismo. Y aclaramos que ambos están vigentes y son indispensables para salir del laberinto donde vive el socialismo peruano.
Nuevamente en estas elecciones la extrema derecha autoritaria, retomó a Sendero Luminoso, y el terror de su “guerra popular”, copiada de China, para desacreditar cualquier esfuerzo socialista ante los propios sectores populares. Y ese estigma que carga el socialismo, requiere de una respuesta categórica desde una nueva interpretación de la democracia liberal asociada a los intereses de la población más pobre, excluida y marginada.
El socialismo, como quería Mariátegui, debe apropiarse de la democracia liberal como necesidad del proletariado, campesinado, y clases medias. Mariátegui entendió que el Perú necesita primero una revolución democrática: igualdad ante la ley, fin del racismo, desarrollo de un capitalismo competitivo como base económica para una sociedad igualitaria. No era claudicación, era realismo revolucionario.
Sinesio López actualiza esa propuesta cuando dice que tenemos un sistema de gobierno democrático asentado sobre una sociedad que no es democrática. Frente a una minoría conservadora, oligárquica, autoritaria, mercantilista, limeña y racista, hay una mayoría democrática popular excluida, campesinos, rurales y clases medias que pugnan por superar el statu quo.
Ese país que quiere esa revolución democrática, no tiene una orientación estratégica, un cuerpo orgánico popular, un pensamiento socialista arraigado en dirigentes del mundo popular. Ello porque no solo se necesita voluntad electoral. Eso es electorerismo. El socialismo tiene que hacerse uno con la población, para ella defienda los cambios democráticamente.
El socialismo debe luchar contra el individualismo neoliberal y el totalitarismo de Sendero. Debe generar una nueva utopía revolucionaria de construcción de nación y socialismo. Las elecciones municipales pueden ser un buen comienzo para ese trabajo político-social desde abajo, para orientar la esperanza de los pueblos, presente hoy en Sánchez, y que, pese a todo, sigue viva.
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