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La batalla cultural mariateguista | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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No era consigna violenta o imposición dogmática. Para José Carlos Mariátegui la revolución social no es el asalto armado al poder, sino ganar el sentido común ciudadano. Convencer para vencer. Era la “batalla cultural”, tan antigua como la República. Mientras en Europa Antonio Gramsci teorizaba sobre la hegemonía, como la capacidad de una narrativa política de ser asumida naturalmente por toda la sociedad, Mariátegui la hacía realidad.

Para Mariátegui, el socialismo no podía ser imposición, arbitrariedad o receta importada. Tenía que elevarse hasta ser sentido común social, debía ser demanda y necesidad. La tarea no era acorralar ni agredir, sino convencer, concientizar y articular a la sociedad bajo el socialismo. Era superar el dogmatismo enfrentándose a la realidad, a lo contingente de la lucha ideológica y política.

A diferencia de la ortodoxia leninista de su época, centrada en el asalto violento al poder, por las condiciones concretas de la Rusia Zarista, la revolución para Mariátegui era, ante todo, la capacidad de una sociedad para tomar una decisión de cambio consciente e irreversible. Su meta era construir una conciencia crítica nacional sobre las desigualdades, apelando a la superioridad moral, ética y racional de sus ideas socialistas.

Dejó la coherencia de su práctica política como ejemplo. Cuando el régimen autoritario de Leguía lo detuvo en 1927 junto a 40 dirigentes, Mariátegui no se victimizó ni llamó a la insurrección. Mas, profundizó la batalla cultural mediante las revistas Amauta y Labor. Luego, en 1928 fundó el Partido Socialista, abierto, público y constitucional, y en 1929 creó la Confederación General de Trabajadores del Perú, como un frente único para la defensa de sus derechos. Entendió que la batalla cultural no es confrontación ni violencia.

Su propuesta fue caminar al lado del pensamiento y obra proletaria, campesina, clases medias; en una, de los sectores populares. Buscó elevar cotidianamente esa conciencia, organizar su lucha reivindicativa y económica. No impuso sus concepciones a priori. La revolución de Mariátegui no quiso ser un golpe de mano clandestino, sino la victoria de la persuasión consciente y pública sobre el autoritarismo.

Legado incompleto y tareas pendientes
Mariátegui vio con claridad el drama estructural del país, y habría que agregar del continente. Esa incapacidad histórica de la burguesía para realizar una revolución democrática. Como analizamos antes, 100 años después, esa tarea sigue incompleta. Y el camino para asumir ese reto no es el dogmatismo, sectarismo ni totalitarismo, sino el desarrollo de una estrategia creativa, realista, amplia y democrática.

Además, el legado mariateguista de la batalla cultural, fue rescatado en los años 80 por corrientes de la nueva izquierda, como el Partido Unificado Mariateguista y su revista homónima, Amauta, dirigida entre 1986 y 1987 por Santiago Pedraglio. Allí la política coexistía con la cultura, el humor, el deporte, la crónica. Tenía una dirección política clara, pero sin dogmatismos, buscando creadoramente el diálogo con la sociedad en sus propios términos.

Y el componente heterodoxo subjetivo de Mariátegui, fue poco atendido tras su muerte por las urgencias revolucionarias de un pensamiento ortodoxo objetivo. La voluntad se canalizaba más para aspectos de rudeza y fuerza revolucionaria, y no tanto para la coherencia ética, la compasión revolucionaria, la atención a la subjetividad de la población. No se acogía, atendía ni canalizaba bien los temores, indignaciones, sudores de los sectores populares.

Otra la lección que nos deja el mariateguismo, para ser hegemonía, es la unidad de la subjetividad del espíritu, con la atención objetiva de la realidad. Es la construcción de una sociedad de iguales, y no la imposición de un igualitarismo totalitario. Es crear un país donde cada ciudadano pueda desarrollarse según sus capacidades y méritos, eliminando los privilegios de unos pocos que tienen toda la riqueza y las mayorías toda la miseria.

Ad portas de un nuevo gobierno que tiene antecedentes y pensamientos autoritarios, oligárquicos, mercantilistas, y en un escenario dominado por la polarización y la confrontación, conviene recordar algunas lecciones del Amauta. Las grandes transformaciones no se logran gritando, sino construyendo ideas capaces de transformar la realidad. Y que esas ideas deben unir a la sociedad, en tanto las impulsan gente capaz, honesta, crítica. La lucha por el pan está asociado a la belleza y el arte. Y que la batalla cultural continúa.

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