Lalo Quiroz | El partero
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En épocas de elecciones, días antes de los comicios, es común advertir a través de los medios de comunicación la puesta en vigencia de la denominada Ley Seca; una norma que, en nuestro país –y contemplada en la Ley Orgánica de Elecciones (LOE)—, restringe el consumo de licor a determinadas horas –con penas y multas, tanto para los que consumen como para los que expenden— con la intención supuestamente de asegurar el normal desarrollo de la jornada electoral. Pero, además, para fomentar un voto consciente y responsable –como si del consumo o no de licor dependiera el voto consciente y responsable—.
La Ley Seca, inicialmente conocida como Prohibition, no tendría tales propósitos. Por primera vez, sería aplicada en los Estados Unidos de Norteamérica un 17 de enero de 1920 –siendo derogada el 5 de diciembre de 1933—; y sería, principalmente, impulsada por grupos y activistas religiosos. Estados Unidos, un país que se fundaría bajo los preceptos del protestantismo ascético calvinista y en comunión con la ética de trabajo del capitalismo moderno –vislumbrado por el científico social alemán Max Weber—, buscaría convertirse en un estandarte de valores morales y de desarrollo económico para el hemisferio; por lo cual, su clase política –obsesionada por combatir el pecado y todo lo que contraviniera a sus principios— adoptaría medidas reaccionarias y alentaría grupos radicales como el Know-Nothings (Partido Americano) en 1840 y grupos extremistas como el Ku Klux Klan en 1865. En ese contexto, en 1873, aparecería la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza; quienes, de manera pacífica y en oración, realizarían grandes campañas para erradicar el consumo de licor. En tanto, consideraban que el consumo desmedido de alcohol conllevaba a la pobreza y a la violencia; conduciendo, finalmente, a la destrucción de las familias trabajadoras. Así, con el único propósito de mejorar la salud pública y la moral del país, el gobierno estadounidense –tras la enmienda XVIII de la Constitución y la declaración del Acta de Prohibición, y a través de la promulgación de la Ley Volstead en 1920— castigaría a quienes fabricaran, comercializaran y transportaran todo tipo de bebidas alcohólicas. Sin embargo, esta medida no tendría éxito; y, más bien, tendrías efectos no esperados. Las personas que estaban habituadas a consumir alcohol –que, era una gran mayoría—, al no poder adquirirlo legalmente, empezarían a utilizar distintos insumos para producir alcohol; lo cual, conllevaría a intoxicaciones o situaciones letales. Esto, y la gran demanda que seguía existiendo, conllevaría a la aparición de bares secretos o clandestinos (speakeasies); en donde la gente se reunía a beber alcohol de contrabando. Así, se daría inicio al crimen organizado compuesto por mafias poderosas; quienes, rápidamente, reconocerían el tráfico de alcohol como un negocio muy lucrativo. La propaganda y parafernalia hollywoodense, iconizaría a Al Capone como el gánster más famoso de Chicago en esa época.
Y es que, las prohibiciones nunca han logrado su propósito de prohibir; sino, todo lo contario: alentar. Ya que, el ser humano busca transgredir el límite; en tanto, la prohibición es necesaria para que el deseo exista, como se ha explicado desde el psicoanálisis. Y, más aún, si en el caso del licor; es un placer que, impuesto o no, nos ha acompañado desde siglos atrás. Es sabido que, desde las invasiones imperiales a nuestros continentes, se elevaría considerablemente la estima por las bebidas alcohólicas y su asociación al deleite; además, tanto los licores destilados como los fermentados, serían considerados fuentes de propiedades vigorizantes y reconstituyentes. Se bebía a toda hora: en el desayuno, los ‘amargos’ en las pausas laborales, en el almuerzo y en la cena. Es decir, el alcohol no estaba asociado a algo perjudicial para la salud; sino, más bien, era una sustancia saludable —más que el agua—, medicinal, con propiedades curativas y preventivas –desde aliviar el dolor y combatir la fatiga hasta calmar la indigestión y combatir la fiebre—. Sin embargo, el anarquista peruano Manuel González Prada en su famoso ensayo “Nuestros indios”, advertiría sobre el uso excesivo del licor –como pago, después de las largas jornadas laborales— para adormecer y embrutecer a los hombres de los andes e impedir que se rebelen contra la explotación.
Hoy en día, la gran industria del alcohol que promueve su consumo desmedido –así, lleve la etiqueta de “beber en exceso es dañino para la salud”— mancomunadamente con la gran cantidad de fiestas, festividades y efemérides creadas, pareciera conducirnos a una eterna celebración para no pensar en nada –menos en quién gobierna—. Sólo esperemos que, después de la no ingesta o la ingesta de alcohol –para los que se hayan abastecido, a pesar de la Ley Seca— entre tonadas de “otra copa más cantinero” y “me emborracharé por tu amor”, el lunes al abrir los ojos no amanezcamos con los síntomas de una resaca sake que no nos permita abrir los ojos por cinco años.
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