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El voto andino no es tradicional | Opinión

Nelson Pereyra | Larga duración
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Al cierre de esta columna, Roberto Sánchez aventajaba a Keiko Fujimori por menos de 0,2% de los votos válidos. Aún estaba pendiente la revisión de las actas electorales del extranjero y de aquellas impugnadas, especialmente en Lima, que podrían favorecer a la candidata de Fuerza Popular.

Más allá del desenlace final, existe una constatación evidente: tras la segunda vuelta, el país ha quedado prácticamente dividido entre dos grandes corrientes políticas y emocionales —no necesariamente ideológicas— representadas por el fujimorismo y Juntos por el Perú. Esta polarización, además, posee una clara expresión territorial.

Lo que realmente dejó el debate presidencial | Opinión

Según los resultados oficiales, Keiko Fujimori obtuvo sus mejores resultados en la costa central, la costa norte, Loreto, Ucayali y entre los peruanos residentes en el extranjero. En contraste, Roberto Sánchez consiguió un respaldo mayoritario en la sierra norte, central y sur, así como en la costa sur, la selva central y Madre de Dios. Se trata, en gran medida, de las mismas regiones que hace cinco años votaron por Pedro Castillo.

Algunos medios han interpretado esta distribución geográfica como la expresión de una supuesta dicotomía entre dos tipos de electores: aquellos integrados a una economía moderna y articulada al mercado y aquellos vinculados a actividades tradicionales, como la agricultura, la minería o la economía informal. Los primeros, interesados en la estabilidad macroeconómica, la apertura comercial, la inversión privada y la seguridad ciudadana, habrían optado por Fujimori. Los segundos se habrían inclinado por Sánchez debido a propuestas como una mayor intervención estatal en sectores estratégicos, la renegociación de contratos mineros y cambios en la política fiscal (“Gestión”, 08-06-2026).

En términos simples, esta lectura traslada al terreno político una vieja oposición entre lo moderno y lo tradicional. Según esta interpretación, la población urbana y costeña encarnaría la modernidad por haber respaldado al fujimorismo, mientras que la población andina representaría un espacio de tradicionalidad por haber apoyado a Juntos por el Perú.

En realidad, esta explicación reproduce una antigua dicotomía entre criollos costeños e indígenas andinos que se remonta al siglo XIX y que ha estado históricamente impregnada de prejuicios raciales asociados a la geografía. Bajo esta mirada, las poblaciones de la sierra serían consideradas tradicionales no solo porque estarían supuestamente más alejadas del mercado, sino también porque permanecerían atrapadas en una cultura que motiva comportamientos distintos a los de quienes participan plenamente de la economía capitalista. Incluso sus decisiones electorales serían interpretadas como una consecuencia de esa presunta tradicionalidad.

Basta observar el caso de Puno para advertir las limitaciones de este razonamiento. En esa región, donde Sánchez obtuvo el 86,4% de los votos, una parte importante de la población mantiene una intensa actividad comercial y se encuentra estrechamente vinculada al mercado. Entre el 12% y el 15% de la población económicamente activa desarrolla relaciones mercantiles con Bolivia y Chile, generando procesos significativos de acumulación de capital, aunque también asociados a elevados niveles de informalidad y contrabando.

Ese capital no permanece inmovilizado. Por el contrario, ha permitido a numerosos puneños diversificar inversiones tanto en su región como en otros espacios económicos del país. En Lima, por ejemplo, los migrantes puneños participan activamente en sectores estratégicos como Gamarra, Unicachi y el transporte interprovincial de pasajeros y carga.

Lejos de constituir una población ajena a la modernidad económica, estos ciudadanos se encuentran entre los actores más adaptados a las dinámicas del mercado. Su particularidad radica en que combinan estrategias modernas de inversión y acumulación con instituciones sociales tradicionales, como las redes de parentesco o los vínculos comunitarios.

El caso puneño demuestra que la actual polarización política no responde a una oposición entre modernidad y tradición. Sectores plenamente integrados al mercado han respaldado a JPP, no por una supuesta cultura tradicional, sino por razones políticas vinculadas al rechazo de la herencia autoritaria del fujimorismo. Quizá allí resida una de las claves del éxito electoral de Roberto Sánchez.

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