José Mallma | El diario de Polideo
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Se ha confirmado el sensible fallecimiento de Mario Vargas Llosa, escritor quien fuera galardona con el Premio Nobel de Literatura en el año 2010, y quien nos ha dejado sus obras como el mayor legado de su paso por esta vida, aunque particularmente no me sentía afín a su estilo literario más urbano y clasista, porque siempre me ha gustado más el mundo rural y psicológico de José María Arguedas Altamirano y Gabriel García Márquez, no debo ser mezquino en admitir la grandeza de la obra que nos dejó la pluma de Vargas Llosa.
Esto me permite explorar una cuestión que siempre ha obsesionado al hombre, la inmortalidad, dado que biológicamente somos mortales y nuestra existencia esta siempre dictado por el tiempo y el reloj que avanza como algo inevitable.
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Por tanto, el hombre siempre ha buscado romper este ciclo y muchos se han aventurado a descubrir los misterios que envuelven a la muerte, reyes y alquimistas han sucumbido ante la idea de descifrar la inmortalidad, así se ha convertido en un tema recurrente en la literatura, un problema filosófico y hasta la justificación de muchas religiones.
Todos queremos beber de la fuente de la juventud eterna y no perecer, aunque sea un deseo que una vez conquistado aborrezcamos como el Rey Midas.
La ciencia busca con sus avances lograr prolongar la vida humana, extendiendo los límites de la esperanza de vida, quizás algún día el ser humanos pueda vivir más de 200 años sin que su cuerpo expire la caducidad del devenir natural de la especie.
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Lo que planteará a su vez, otros retos como la capacidad del planeta y sus recursos de albergar esa exposición demográfica, dado que la muerte es un ciclo necesario de renovación biológica, quizás para ese tiempo hallamos colonizados otros planetas y nos expandiremos como parásitos cósmicos.
Sin embargo, existe otra forma de alcanzar la inmortalidad, como señala la autora Sue Zurita en su novela Aquellos días, “la verdadera muerte es el olvido”. Quien ha trascendido nunca será olvidado.
Por ello seguimos hablando de Homero miles de años después de escrita la Ilíada, aunque dudamos de sus existencia, lo evocamos por su maravillosa obra.
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Por tanto, el ser humano tiene una sola oportunidad para ser inmortal, y de ello depende que rumbo le dé a su vida, hay de aquellos que sumido en trivialidades materiales se regocijan de lo obtenido y que sucumbirán a la sentencia del tiempo y la pena del olvido.
Sin embargo, el pensamiento y las ideas son eternas no están sometidas a las leyes físicas del tiempo y el espacio, sino que las trascienden.
Queremos la eternidad pero atesoramos la banalidad, así de antagónico es el hombre. Solo algunos que nos han dejado sus obras y quienes viven perennemente en nuestra memoria han alcanzado la inmortalidad y con ellos aunque su existencia llegue a su fin jamás morirán.
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Trascendamos entonces con nuestros buenos actos y que sean las futuras generaciones que juzguen la importancia o futilidad de nuestras contribuciones.
Para terminar, considero que el premio nobel no debería ser otorgado a los grandes hombres solo en la senectud de sus creaciones, sino cuando puedan seguir aportando al conocimiento humano con sus obras, debiendo apostar la Real Academia Sueca de las Ciencias por el nobel joven.



