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Requiem para un Escritor | Opinión

Antonio Camborda | Desde Carolina del Norte, USA
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Mario Vargas Llosa retorno de España al Perú, no hace mucho, para morir en su país natal. Y lo hizo pocos meses antes de su partida definitiva al mas allá. Su vida, como la de todos seres humanos que viven intensamente, no fue fácil. Y si alguna vez alguien se anime a estudiar la vida y obra del único Premio Nobel que tiene el Perú, descubrirá a un hombre que se enfrentó a una vida nada fácil y llena de tormentos desde su infancia.

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Tuve la suerte de conocer a Mario Vargas Llosa, en Lima, a finales de 1958, meses antes de su partida a Paris, y nuestra conversación giro sobre la revolución castrista en Cuba, encabezada por los hermanos Castro y el guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara. Y, como casi todos los jóvenes de esa época, veíamos en esa lucha un modelo para la liberación de nuestros países latinoamericanos “sojuzgados por el imperialismo yanqui”.

Vargas Llosa en esa época visitó Cuba, invitado por el gobierno fidelista y alternó con los directivos de la Casa de las Américas. Y, al poco tiempo, viajó a Estados Unidos y fue invitado a pertenecer al Penn Club y, en los meses que estuvo en el país del Tío Sam, se enteró del trato abusivo e injustificado en Cuba contra el poeta Heriberto Padilla, lo que dio origen a un pronunciamiento del Penn Club y la posterior ruptura de Vargas Llosa con el castrismo.

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Incansable escritor, ya había publicado sus novelas La Ciudad y los Perros, La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Y más tarde, la novela La tía Julia y el Escribidor.

Volvimos a encontrarnos doce años después, pero en Huancayo. Benjamín Gutiérrez, director de la Casa de la Cultura, había recibido una comunicación desde Lima y había que darle todas las facilidades al ya famoso escritor.

Vargas Llosa venia acompañado con su esposa Patricia y le pidió a Benjamín conocer la laguna de Paca, en Jauja, y recorrer el Valle del Mantaro por las dos márgenes del rio.

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Yo tenía un automóvil Volkswagen y, como sea, nos acomodamos en ese pequeñísimo vehículo: Mario, que media más de 1.80 metros, tomo asiento al lado del piloto. No sé cómo pudo acomodarse en ese espacio. Y en el asiento posterior, se acomodaron Patricia Llosa, mi esposa Rosita Ugarte y Benjamín Gutiérrez.

Durante todo el viaje comenzamos a hablar y recordar nuestra charla en Lima, pero Mario, que ya tenía ideas conservadoras y admiraba los regímenes monárquicos, como el del Reino Unido, y las democracias de Estados Unidos, Francia y Alemania, nos dijo que había de olvidarse de Cuba y su régimen totalitario, pues otro era el camino para el desarrollo del Perú.

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Los artículos que escribía en los principales diarios de España y de Lima, revelaban su vuelco ideológico. Y ya, en los años 70 y 80, Mario Vargas Llosa era un referente de la derecha más ultraconservadora de entonces. Se había enfrentado al gobierno de Velasco.

Terminado el gobierno militar, Fernando Belaunde fue elegido por segunda vez. Y luego ganó la presidencia Alan García. Y para las elecciones de 1990, Vargas Llosa creo el Frente Democrático (FREDEMO), y allí estaban reunidos dirigentes de los partidos Popular Cristiano, Acción Popular, y representantes del empresariado, banqueros, mineros, y los remantes de la clase de terratenientes que sobrevivieron al gobierno de Velasco.

Se enfrentó en las elecciones del año 1990 a un candidato desconocido, de origen japonés, que hizo su campaña manejando un tractor y con su lema: Honradez, Tecnología y Trabajo. Era el candidato puesto y apoyado por el gobierno alanista. Y el Apra movilizó toda su maquinaria política por todo el país para derrotar a Vargas Llosa.

Fue una dura experiencia. Y siempre quedó flotando la pregunta: ¿que hubiera pasado si Vargas Llosa ganaba las elecciones de 1990? ¿Las fuerzas oscuras le hubieran permitido aplicar su plan de gobierno?

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