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Museos: Identidad nacional y memoria | Opinión

Lalo Quiroz | El partero
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Hoy, 18 de mayo, se celebra el Día Internacional de los Museos; una efeméride que, sería instaurada por iniciativa del Concejo Internacional de Museos (ICOM) en 1977, y buscaría resaltar la labor de los mismos y su aporte al desarrollo cultural de sus sociedades. Al día de hoy, según la UNESCO, se estima que existen aproximadamente 95,000 museos en todo el mundo; siendo el Museo Británico de Londres –inaugurado en 1753— el primer museo nacional del mundo y el Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México, uno de los más visitados a nivel global.

La concepción eurocéntrica del museo, desde sus orígenes en la antigua Grecia hasta la actualidad, ha pasado por distintas épocas; las mismas que determinarían sus usos y sus fines. Sin embargo, muchas de sus características primigenias –personificadas originalmente en las musas griegas—se mantendrían a lo largo de la historia occidental; configurándose, básicamente, como contenedores de objetos relacionados a la historia, la ciencia y al arte. El ICOM, organismo creado en Paris en 1946, lo define así: «Son museos las instituciones de carácter permanente que adquieren, conservan, investigan, comunican y exhiben para fines de estudio, educación y contemplación conjuntos y colecciones de valor histórico, artístico, científico y técnico o de cualquier otra naturaleza cultural». En el S. XVIII, según el historiador de arte Javier Albelo, el museo con características modernas surgirá en 1791 con la Revolución Francesa; en donde, los antiguos palacios de la monarquía, como el Palacio de Louvre, «dejarían de pertenecer al rey y serían propiedad de la nación francesa, con el objetivo de reunir todos los monumentos dedicados a las ciencias y las artes». Es así que, los museos modernos en occidente –y luego, en el mundo entero—, empezarían a tener un rol predominante en la edificación de la identidad nacional de los Estado-nación. Es decir, los museos modernos no sólo acogerían y reunirían distintas colecciones –propias o apropiadas (por parte de imperios coloniales que, tras sus invasiones, se apoderarían de las mismas a costa del saqueo del patrimonio cultural— de objetos valiosos para ser admirados o estudiados; sino, además, serían espacios administrados por la élite gobernante que ostentaban el saber y el poder y que, al mismo tiempo, refrendaban su poder frente a los otros Estado-nación. En esa línea, como señalaría la museóloga mexicana Cintia Velásquez: «(…) los museos de historia nacionales se prestan para la divulgación de una historia de héroes, de gestas triunfales y de una falsa armonía que suprime la diferencia o minimiza la disidencia».

En la primera mitad del S. XX, producto de las atrocidades perpetradas por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, se generarían –desde occidente— profundas reflexiones éticas y debates filosóficos en torno a la violenta naturaleza humana (eros y thánatos). Esto conllevaría a una nueva forma de memorialización y musealización, dando lugar a un tipo distinto de museo: el museo memorial. Este se convertiría, como sostendría Velásquez, en «un nuevo espécimen entre los museos de historia». Y, su finalidad no estaría en conservar objetos valiosos o alojar un pasado glorioso –que reafirme y ensalce la identidad nacional del Estado-nación—; sino, supuestamente, en la conmemoración y ritualización de un pasado doloroso que se erigiría como un escarmiento para el presente y el futuro de la humanidad. Así, en 1953 en Jerusalén, se construiría el Yad Vashem – Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá; creado por el Estado de Israel –el mismo que hoy cometería genocidio contra el pueblo palestino—, para conmemorar a los seis millones de judíos asesinados en los campos de concentración. Del mismo modo, en 1955, se crearía el Museo de la Paz de Hiroshima ubicado en Japón con el propósito de recordar la muerte de cerca de 200 mil personas; tras el bombardeo atómico, por parte de Estados Unidos, de Hiroshima y Nagasaki. A partir de estas primeras experiencias de musealización, en las próximas décadas se aperturarían una significativa cantidad de museos memoriales de carácter institucional en todo el mundo; es el caso, entre muchos tantos, del Museo del Apartheid en Sudáfrica y del Museo del Genocidio Armenio.

En el Perú, tras el fin del conflicto armado interno y la violencia política (1980-2000) y la entrega del Informe Final de la CVR (2003), se crearía en Ayacucho –desde la sociedad civil— el Museo de Memoria de la ANFASEP (Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú) y posteriormente –a nombre del Estado peruano— el Lugar de la Memoria, Tolerancia y la Inclusión Social – LUM en Lima. Así, a diferencia de otros países, estos museos acogerían a dos tipos de memoria histórica: la ‘memoria oficial’ y las ‘memorias no-oficiales’; las mismas que, en la construcción del imaginario simbólico sobre dicho periodo, se disputarían –en desigualdad de condiciones— la interpretación y el sentido común sobre el pasado.

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