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Nueva oportunidad para el socialismo | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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América Latina y el Perú están entrando de lleno en la era democrática. Si el siglo XX fue mayoritariamente dictatorial, el siglo XXI es principalmente democrático. Se pelea con votos y en las urnas, ya no con balas y tanques. No se destruye ni excluye al enemigo, sino se le ataca y combate institucional, mediática, legalmente. Pero lo nuevo no alcanza el amanecer y lo viejo no sucumbe al ocaso.

Y es que, si bien la democracia liberal se está generalizando, eso no significa que las élites oligárquicas autoritarias, decimonónicas, mercantilistas, coloniales, racistas sigan gobernando desde las sombras. El músculo conservador antidemocrático no desaparece, aprendió a mimetizarse. Retorna contra quienes reivindican los intereses de los sectores populares, los terruquea, los denigra, los mata.

Outsider popular

Hay una lucha de clases, más allá de deseos, donde esas élites el 2021 pidieron golpe de estado contra Pedro Castillo, quien fue outsider político, económico, social, cultural, identitario. Representaba, aunque de manera confusa, una revolución democrático liberal burguesa desde abajo, popular. Pero, el poder vigente de las élites oligárquicas logró su destitución, como lo reconoce el fujimorismo, representante de esa clase social.

El pueblo usó la democracia para disputarle el poder a esas élites en el 2021. Pero las debilidades de Castillo, la ausencia de liderazgo ideológico y proyecto claro, con Perú Libre y Vladimir Cerrón -vinculado a actos de corrupción desde su gestión en Junín y prófugo de la justicia-, a la deriva, no supieron cómo desde el poder democratizar la sociedad y el Estado.

Retos del socialismo

Susana Villarán recordaba que el socialismo contribuyó al retorno de la democracia en 1977 lográndose la asamblea constituyente, pero la asumió como “caja de resonancia” de los intereses populares, y no como un valor democrático. También el 2000 contra la dictadura fujimorista. Pero Mariátegui la asumió como revolución democrática burguesa, como una conquista popular. 91 años después, el pueblo la usó para sus intereses.

La dictadura encubierta

Hoy no tenemos una dictadura abierta, sino una encubierta y disimulada que está vaciando de contenido a la democracia y llenándola de autoritarismo, ante la imposibilidad de un golpe de estado. Los políticos, los medios, periodistas e intelectuales de esas élites oligárquicas buscan imponer su voluntad y no toleran que los de abajo contradigan sus decisiones, sobre todo las económicas.

Cuarta oportunidad

En ese contexto, por cuarta vez debe el socialismo debe defender la democracia. Si gana Sánchez, debe ayudar a hacer una revolución democrática burguesa. Si gana Fujimori y sigue gobernando como en los últimos años —ya sin máscaras—, debería posicionarse como oposición democrática que reivindique la democracia liberal y promueva una revolución democrática desde abajo.

Para eso requiere un partido democrático, organizado desde y con la gente, informales, proletarios, campesinos, pobres, artistas, organizaciones sociales, clases medias, etc. Hacer una propuesta con ellos, escucharlos y recuperar su sabiduría como la de los yachachiq, y convertir sus demandas, intereses, sueños en propuestas ideológicas y políticas. Desarrollar las fuerzas productivas y el capitalismo competitivo, reivindicando al trabajador, su salario, sus derechos, etc. Desterrando el dogmatismo y sectarismo.

Supone construir nuevos liderazgos, recomponer la fractura social y electoral con las bases, tras la derrota en la primera vuelta. Hacer que la democracia liberal -como planteó Mariátegui-, sea tarea del socialismo. Ello porque la violencia y la lucha armada como accesos al poder están descartados. Allende hizo en 1973 un sacrificio democrático, desde el socialismo, que aún perdura y nos convoca.

Revolución necesaria, porque aún tenemos una mentalidad cuasi medieval. No es casualidad que se llame “Renovación Medieval” al partido de López Aliaga. La revolución democrática debe subvertir esos antivalores, principios autoritarios y acciones políticas excluyentes. La fuerza de la democracia es un paso al socialismo en el siglo XXI, y, por tanto, la democracia representativa y participativa deben ser también revolucionarias. Esa es la tarea pendiente.

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