El crecimiento del fascismo europeo

Giorgia Meloni obtuvo el 27% de los votos, representando al partido neofascista Fratelli d’Italia. Su alianza con Forza Italia de Silvio Berlusconi y La Lega de Mateo Salvini le permitirá constituirse en la primera mujer que ejerza la jefatura del gobierno en la península. La elección del 25 de septiembre dejó como dato central el incremento de la abstención, que alcanzó su máximo nivel histórico: el 36% del electorado. La mitad de los jóvenes italianos menores de 24 años no fue a votar: a ese colectivo generacional no hubo discurso político que lo interpelara.

A diferencia de Alemania, Italia no problematizó los discursos políticos nostálgicos del Tercer Reich ni puso impedimentos legales para restringir las expresiones extremistas de las organizaciones de ultraderecha. El triunfo de Meloni en la tercera economía de la Eurozona producirá un envalentonamiento de todos los movimientos ultraderechistas y un debilitamiento del debate político.

El voto de la derecha radical se triplicó desde 2014 a la actualidad mientras las izquierdas educadas se encargaban de instituir debates tecnocráticos, o de reconocimiento de identidades particulares incomprensibles para los trabajadores, los desocupados y quienes perciben la desigualdad creciente incrementada por la inflación, y una sensación permanente de ser ajenos a la configuración normativa de las sociedades en las que viven. Los partidos de extrema derecha crecieron en 18 de los 27 países de la UE en las dos últimas décadas y superan los dos dígitos de votos en 15 de esos países.

Mientras Europa y Estados Unidos viran de forma constante hacia la ultraderecha, Latinoamérica y el Caribe expresan una orientación alternativa e incluso opuesta. Desde México a la Argentina se suceden movimientos políticos opuestos al esquema globalista impuesto por el trípode del poder real sustentado por Wall Street, las trasnacionales y el complejo militar-industrial. Por su parte, la respuesta europea se sostiene en la actualización del principio de Carl Schmitt, que requiere un enemigo –interno y a la vez externo– a fin de aglutinar las fuerzas nacionales para superar y eludir las contracciones de clase.

Los dogmas que le dan sustento al engranaje político de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Giorgia Meloni, la francesa Marine Le Pen, los falangistas de VOX, los oficialistas polacos del partido Ley y Justicia, los alemanes de AfD, los macristas o ultraliberales argentinos o los neonazis de Suecia son unos fieles seguidores de quienes marcharon sobre Roma en 1923. Los principios que los animan, más allá de su fascinación financiarista, son: Nativismo xenófobo, autoritarismo patriarcal, armamentismo, moralismo punitivo, apoliticidad y desprecio por la ciencia y el mundo académico.

El nativismo esencialista considera que los Estados deben estar habitados por una ciudadanía autóctona y que todo elemento extranjero –sobre todo si es migrante y pobre– amenaza la homogeneidad pacífica de una sociedad. Walter Benjamin describía al judío como el otro absoluto, es decir un sujeto diferente que vivía inserto en una comunidad en la que lo consideraban un extraño, una implantación, un desorden de lo uniforme. Ese lugar lo ocupa hoy el magrebí y/o el subsahariano.

El autoritarismo, por su parte, es un principio ordenatorio útil para limitar los conflictos que devienen de la desigualdad, la precariedad, la falta de futuro y la pobreza. La cultura patriarcal autoriza el derecho explícito a la violencia para superar el caos que conlleva la proliferación de identidades particulares y las diversidades.

El armamentismo, la valorización positiva de la posesión privada de armas y la desregulación de su comercialización es la expresión material de las dos dimensiones anteriores, capaces de intimidar y disciplinar a quienes postulan cambios o pretenden desobedecer la homogeneidad exigida. La apoliticidad se funda en el cese del debate público referido a las contradicciones inherentes a la sociedad: la dominación, la subalternización y la distribución del ingreso, la renta y la riqueza.

La negación de la construcción de la democracia, en su formato de debate político y construcción argumental colectiva, exige –para los neofascismos– la des-historización de los hechos sociales: quien conoce el pasado tiene más elementos para juzgar el presente. Antonio Gramsci, escribe que el núcleo central del fascismo, eufemizado y negado por sus propagandistas, es la violencia contra los trabajadores y los asalariados. Meloni ha anunciado que promoverá una rebaja de impuestos y que los existentes dejarán de ser progresivos: ricos y pobres deberán aportar lo mismo: un 15% con independencia de los ingresos o la riqueza.

Diario Jornada
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