La diversidad cultural se podría entender como las formas de expresar los saberes de los pueblos y comunidades, ya sean sus lenguas, tradiciones, formas de organización, espiritualidades, memorias e identidades. En el marco del Día Mundial de la Diversidad Cultural es importante pensar cómo se vive y se reconoce esta diversidad en el Perú y sobre todo en la región.
En el país hablar de diversidad cultural es hablar de nuestra raíz más profunda. Desde tiempos ancestrales, este territorio ha sido espacio de encuentro y convivencia entre múltiples pueblos originarios: quechuas, aimaras, ashánincas, shipibos, entre otros. Cada uno con su lengua, cosmovisión y formas de vida que han resistido pese a siglos de colonización, centralismo y olvido. No obstante, aunque el discurso oficial reconozca al Perú como un país “pluricultural”, en la práctica el camino hacia el respeto, la equidad y la valoración plena de todas las culturas sigue siendo largo y complejo.
Ayacucho es hogar de una rica variedad de comunidades altoandinas e indígenas amazónicas como los pueblos ashaninkas, que conviven en un mismo territorio, pero desde realidades y expresiones culturales distintas.
Tal como lo menciona el antropólogo Mariano Aronés “La diversidad cultural no siempre fue reconocida como algo valioso… Durante décadas se promovió más bien la homogeneización en nombre de la nación, la ciudadanía o el progreso. Incluso desde organismos internacionales se recomendaba a los pueblos originarios abandonar sus conocimientos y formas de vida”.
Para el antropólogo, una de las claves está en comprender que no existe una única identidad ayacuchana.
“Nuestra región es inmensamente diversa. Las identidades no son fijas ni homogéneas, son fluidas, complejas, a veces incluso conflictivas. Reconocer eso es fundamental para avanzar hacia una convivencia más respetuosa y equitativa”.
Por otro lado, Coraima Andrea, parte del Consejo de Jóvenes de la Red Ñuqanchik Maronijei Noshaninka, resaltó la falta de visibilidad que tienen algunas comunidades:
“Hay pueblos que están alejados, que tienen su propia cultura, su propia identidad, y que todavía no son reconocidos por el público en general. Debemos trabajar para que esas culturas sigan fortaleciéndose y no se pierdan”.
Coraima también hizo un llamado a las familias a transmitir con orgullo sus saberes y costumbres a las nuevas generaciones.
“Nuestra identidad no debe ser motivo de vergüenza. Es algo que debemos valorar, aprender y enseñar. A quienes visitan nuestras comunidades, les pedimos respeto y humildad: no juzgar, sino tratar de comprender”.
En ese sentido, la joven también resaltó la riqueza que nace del encuentro entre culturas distintas, como la andina y la ashaninka. “Cada una tiene algo que aportar. Entre las diferencias también hay posibilidades de diálogo, de aprendizaje mutuo”.
Finalmente, Aronés propuso un cambio profundo en la forma en que entendemos las palabras y categorías históricamente estigmatizadas.
“El término indígena ha sido desvalorizado durante mucho tiempo. Lo que nos toca ahora es asumirlo, resignificarlo y convertirlo en una fuente de poder cultural y político. Solo así podremos vivir plenamente en la sociedad diversa que somos”.
Este Día Mundial de la Diversidad Cultural no es solo una fecha para conmemorar, sino una oportunidad para reflexionar colectivamente sobre cómo queremos convivir. En Ayacucho, como en muchas otras regiones del Perú, la diversidad es tal vez más notoria entre las costumbres y tradiciones de las distintas provincias, lo que hace que sea una riqueza que, si se reconoce y valora, puede ser la base de un país más justo, más plural y más humano.
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