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Hitler y Truman: Niñito y Hombre Gordo

A las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945 la detonación de Little Boy (Niñito), una bomba con una potencia explosiva equivalente a 12,5 kilotones provocó que la temperatura ambiente ascendiese en el lugar de la explosión (a 600 metros del suelo) a 15 millones de grados centígrados en cuestión de segundos, siendo la temperatura en el suelo de 3000 ºC, y una ola de presión devastadora en un radio de 2 Km. Los efectos fueron inmediatos: en 3 segundos se desintegraron los cuerpos de 110 mil víctimas inocentes y causó graves heridas y quemaduras a otras 190 mil, al tiempo que la completa totalidad de los edificios situados en el perímetro de la onda expansiva fueron destruidos por el fuego. Hiroshima y sus habitantes habían sido víctimas del primer bombardeo nuclear de la historia, así que pronto vendrían los efectos de larga duración: las deformaciones y las malformaciones congénitas producidas por la exposición a la radioactividad de cientos de miles de víctimas inocentes.

Tres días después, sin atender a ninguna reacción diplomática de los japoneses, el presidente estadounidense Truman autorizaba el lanzamiento sobre Nagasaki de Fat Man (Hombre Gordo), la tercera de las bombas que se fabricaron en el marco del Proyecto Manhattan. En esta ocasión, los efectos también fueron devastadores, aunque un error de cálculo evitó que fuesen mayores, pues su carga explosiva (21 kilotones) casi duplicaba la anterior: 70 mil víctimas inocentes murieron también en cuestión de segundos y todo lo que había en un radio de 2,5 Km. del epicentro quedó reducido a cenizas.

Estamos ante el mayor acto criminal de la historia y 77 años después, los EE.UU. continúan justificando su acción, que siguen considerando necesaria y legítima. Sin embargo, lo cierto es que, a pesar de la insistencia con que se repite ese argumento, no hay nada más falso.

Conviene recordar que Alemania ya había capitulado, que las fuerzas nacionalistas chinas vencieran a las tropas imperiales en Manchuria, que las Filipinas, Iwo Jima y Okinawa ya estaban controladas por los EE.UU, que la fuerza naval nipona fuera derrotada y destrozada en la batalla de Midway y que Tokio había sido tan persistentemente bombardeada, que los japoneses ya habían solicitado la rendición por conductos diplomáticos que se mantuvieron ocultos a su población. ¿No es entonces cierto y evidente que la guerra pudo haber concluido también sin la necesidad de provocar semejante terror? Así pues, habrá que buscar otra justificación para semejante acción militar.

Los ejecutores de Auschwitz y otros campos de exterminio nazi son criminales de guerra, son asesinos que actuaban en nombre de una política genocida y xenófoba sustentada en el más odioso racismo alemán. No obstante, ¿cuál es la sutil diferencia que existe entre Auschwitz e Hiroshima? Quizás la única diferencia reside en el ordenante, en el primer caso el “abominable” Hitler, en el segundo el “presidente” Truman. De hecho, en ambos casos murieron víctimas inocentes: ya fueran judíos alemanes o japoneses, en ambos casos fueron víctimas de una guerra provocada para satisfacer intereses ajenos a los suyos.

En este sentido, hay que decir bien alto y claro que Auschwitz e Hiroshima son las dos caras de una misma guerra entre imperialismos, una guerra en la que, la familia Rockefeller, la Ford, Sosthenes Behn, o la familia Morgan, apoyaron y negociaron hasta el último momento con Hitler, dándose la circunstancia de que los aviones que bombardeaban a los norteamericanos que avanzaban hacia Berlín lo hacían gracias a los motores que le suministraba la Ford y el combustible que le suministraba la Standard Oil of New Jersey, de la familia Rockefeller: al gran capital no le interesan las vidas humanas, sólo los beneficios.

Así, hoy, 77 años después, debemos denunciar el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki y renunciar a considerar que fueron actos de guerra necesarios. Hoy, 77 años después, debemos condenar con la misma intensidad Auschwitz e Hiroshima, pero sobre todo debemos condenar el sistema que engendró esas atrocidades, el mismo sistema que hoy nos gobierna con otras armas: el capitalismo.

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