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Keiko Fujimori logró su objetivo: Kenji a la cárcel | Editorial

Otra de las “virtudes” de Keiko Fujimori es no reconocer el apoyo de sus familiares y no agradecerles. El caso más notorio es el indulto de su padre Alberto Fujimori, gracias a los tratos de Kenji Fujimori con Pedro Pablo Kuczynski. Justamente la denuncia de ese pacto por la bancada de Fuerza Popular, por orden de Keiko, fue el argumento, para que Corte Internacional de Derechos Humanos observe el indulto y finalmente Fujimori retorne a prisión.

Weber decía que el hombre mata –se refería al ser humano en general- solo por amor y poder. Podríamos agregarle un antónimo a la palabra amor: también se mata por odio y Keiko lo logró con su hermano: lo sacó del escenario nacional y lo convirtió en un cadáver político. Y por supuesto, el poder viene amenazado por la ambición y por esto, se mata, se difama, se destruye la imagen del rival. Y eso es lo que hizo Keiko con su hermano Kenji, el hijo engreído de Alberto Fujimori.

Para conseguir sus objetivos políticos, de ser la lideresa indiscutible de Fuerza Popular tenía que devolver a su padre a prisión y tenderle una trampa a su hermano Keiko Fujimori. Y para ello contó con el concurso de un congresista felón y topo por orden de la bancada que buscaba complacer en todo a Keiko Fujimori: y fueron los Mamanivideos, el detonante para que todo se derrumbe.

Logró sus propósitos, pero a qué precio. Consiguió que su padre Alberto Fujimori vuelva a prisión para que no le haga sombra estando en libertad; eliminó a su contendiente dentro del Fujimorismo, su hermano Kenji a quien le abrieron una investigación en la Subcomisión de Ética y lo expulsaron y finalmente se quedó como la señora de Cao: dueña del pequeño reino del fujimorismo.

Puede que, en este momento, en los medios se muestre conmovida por la sentencia contra su hermano, pero de ella se puede esperar cualquier traición, y eso lo conocen en carne propia su madre, su padre y su hermano. Y no se trata de un problema de género, o etnia: porque felones, pueden ser hombres o mujeres; ser blancos, mestizos, quechuas, aymaras, o descendiente de cualquier grupo que migró al país. La traición, la felonía y la ambición al poder no tiene patria ni nacionalidad.

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