El río Ene sigue su curso impasible, indiferente al dolor de quienes viven en sus márgenes. En el centro poblado de Selva de Oro, distrito de Río Tambo, (Satipo-Junín) la tragedia ha dejado un vacío imposible de llenar.
Josué Marcos Huayta Tinco, un joven de apenas 19 años, desapareció bajo las aguas mientras intentaba salvar la vida de su padre. Desde entonces, su cuerpo no ha sido encontrado. Y su familia, marcada por la angustia, clama ayuda para hallarlo y darle un adiós digno.
Todo ocurrió una tarde del pasado febrero, cuando Josué, su padre y su cuñado fueron a pescar como lo hacían habitualmente. La pesca no era un pasatiempo, sino una forma de subsistencia. Con lo que atrapaban, alimentaban su mesa, sostenían a la abuela, mantenían viva la esperanza de seguir adelante pese a la pobreza.
Ese día, a las 5:30 de la tarde, intentaron cruzar el río nadando. Fue entonces cuando el padre comenzó a ahogarse. Josué, sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua. Lo movió el instinto, el amor filial, el impulso de proteger. Pero el río era más fuerte. El joven fue arrastrado por la corriente. Su padre logró sobrevivir.
Él no. Desde ese día, la familia no ha dejado de buscarlo. Sin recursos, sin apoyo, solo con la esperanza y el amor.
“Yo quisiera que la población me ayude, que le encuentren y le busquen a mi nieto”, suplica entre lágrimas su abuela. “Yo quisiera al menos velarlo, poner su foto, despedirme de él.”
El dolor se convierte en súplica. En las calles del centro poblado, sus amigos de colegio han organizado vigilias y hacen un llamado a las autoridades para que no abandonen la búsqueda. La comunidad se solidariza, pero los esfuerzos son insuficientes. Las corrientes del Ene no devuelven fácilmente lo que se llevan.
Josué vestía polo y buzo negro, y unas zapatillas oscuras. Son las únicas pistas que tiene su familia para identificarlo si lo encuentran. Han pedido a las poblaciones río abajo que estén atentas, que si ven algo, avisen.
“Queremos su cuerpo, queremos llorarle con dignidad”, repite su abuela. Su voz se apaga entre el llanto.
Josué no era un desconocido. En Selva de Oro, todos lo recuerdan como un joven trabajador, solidario, siempre dispuesto a ayudar. Se dedicaba a la pesca para colaborar con los gastos de la casa. Su historia es la de miles de jóvenes del VRAEM que, pese a las adversidades, luchan cada día por sacar adelante a sus familias.
A la fecha no se tienen novedades solo una familia humilde implorando ayuda, pidiendo que se busque a su ser querido con el mismo empeño que se pondría si se tratara del hijo de una autoridad.
«Fue arrastrado por el río por salvar a su padre. Eso no se olvida”, dice la mujer. Entre manos lleva una foto de Josué, con su sonrisa tímida y sus ojos llenos de vida.
“Yo quisiera velarlo con su foto. Yo quiero ese gran apoyo. No tenemos dinero, solo amor por él.”
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