Tras su muerte Isabel II deja una institución medieval que tiene tres fuentes de financiamiento. La primera proviene de “terrenos de la Corona”, que son tierras ubicadas en Inglaterra, Gales y Norte de Irlanda, usufructuadas por la realeza, pero son de propiedad mixta (estatal y privada). También poseen negocios inmobiliarios, terrenos agropecuarios, derechos mineros y cobran licencias y tasas por eventos internacionales como la Real Carrera de Caballos de Ascot. Todo ese patrimonio se calcula en unos 17 mil millones de euros. Además de todo esto, el Gobierno inglés destina un 15% de su presupuesto a la “Casa Real”. Solamente entre 2018 y 2019 esa cifra fue de 95 millones de euros.
Después está lo que se llama el “monedero privado” que son propiedades urbanas y agropecuarias pero exclusivas de la monarquía, desde 1265. Esto solo les da un ingreso anual de 24 millones de euros. A esta altura, mejor no hacer la suma, o sí. Porque su sola existencia, preservada por el Estado capitalista, es una burla descarada a quienes solo viven de su salario. Finalmente están la parte de las inversiones personales: colecciones de arte, símbolos de la iconografía monárquica y acciones en varias empresas.
La muerte de Isabel II no podría ser más oportuna, porque hace parte del cambio de protagonistas en Europa occidental que está en curso. La Reina ha muerto, pero antes que ella también se fueron de Europa el sentido común, la racionalidad natural, la cordura financiera y la soberanía agrícola. Ninguna civilización puede sobrevivir sin alimentos, sin energía y sin dinero seguro de su valor. Los líderes de Europa Occidental se han ocupado de destruir los tres.
La Reina ha muerto, pero antes sus primeros ministros ahuyentaron la paz internacional, el sentido común, la racionalidad financiera que respaldaba a la libra esterlina. La última jefa de Gobierno que fue a saludarla, parece ser la más loca de todos los primeros ministros a juzgar por lo que hasta ahora ha dicho, tiende a buscar pleito con países más poderosos que el Reino Unido, actitud poco recomendable.
Se dice que la belicosidad es indicio de debilidad e inseguridad. ¿En verdad Liz Truss cree que el AUSKUS puede intimidar a la China popular, la primera potencia industrial del mundo? ¿Cree que la China del siglo XXI es la China con los cañones de cartón que vio el Almirante inglés Anson en 1805 y a quien en 1842 Inglaterra obligó a permitir el comercio del opio?
Sospecho que por esos alardes belicosos fue seleccionada. Liz Truss merece ser primera ministra de Inglaterra porque logró la hazaña de superar a Boris Johnson en decir y cometer tonterías. Truss y los otros líderes de Europa occidental están decididos a destruir la paz y la economía europeas haciendo morisquetas a China, que es el mayor socio económico de Europa, y contemporáneamente llegar al borde de una guerra con Rusia, la mayor y más moderna potencia militar de Europa, y eso destruirá la economía y la paz mundial sin ninguna ventaja para otro país que no sea China.
La política financiera que dictan desde Londres y Washington es cosa de enajenados. La FED y el BCE cometen la locura de subir tasas de interés cuando comienza la inflación. Que aumentarán las bancarrotas de las medianas y pequeñas empresas golpeadas por los confinamientos y dejar el mercado a merced de las grandes transnacionales globalistas.
Christine Lagarde es la persona menos apta para dirigir el Banco Central Europeo. Cuando presidía el Credit Lyonais en un momento de descuido (según ella) regaló seis millones de euros a su amigo Bernard Tapie. Debió ir a la cárcel, pero en lugar de eso la enviaron a dirigir el FMI en Washington. Es probable que sea necesario tener credenciales de delincuente o débil mental para hacer carrera en la burocracia europea.
Se acerca el momento de una cascada de quiebras bancarias mundiales que comenzarán en Europa y luego en EE. UU. Es el colapso final de una época que comenzó en Bretton Woods (1948) cuando la futura reina Isabel era aún Princesa de Gales. El desastre europeo y el auge de Washington comenzaron en la década de 1940. De aquellos protagonistas solo quedaba Isabel II.



