entre los dos y tres años y los siete y ocho años (…) y los mató sin razón alguna”. Los oficiales les decían a los soldados que “enemigo es todo lo que tenga ojos rasgados que viva en el poblado. No hay ninguna diferencia que sea mujer o niño (…) todos ellos son vietcongs o al menos los ayudan (…). No podéis convertirlos, sólo matarlos”.
El trato que recibían los prisioneros fue inhumano, “Cuando traían prisioneros del Vietcong heridos, un policía militar los vigilaba y no se les atendía hasta el final si era que lograban sobrevivir. En una ocasión (…) nos trajeron un miembro del Vietcong. Pusimos la camilla sobre el caballete para examinarlo, pero el médico agarró un bisturí y se lo hundió en el pecho. Luego lo sacó y se largó (…) Diez minutos más tarde aquel médico charlaba con sus colegas como si nada hubiera pasado”
Si algo fue evidente en la guerra de Vietnam fue la utilización por parte de los Estados Unidos del Napalm. Era tan común su empleo que hasta las canciones de guerra de los soldados agresores lo expresaban, como una pieza musical compuesta por La Primera División de Caballería que decía así: “Disparamos al enfermo, al joven, al cojo, hacemos cuanto podemos para matar y mutilar, porque todos los muertos cuentan lo mismo. El napalm se pega a los críos. El carro de bueyes avanza por el camino, campesinos con una carga pesada, todos son vietcongs. Cuando estallan las bombas. El Napalm se pega a los críos.”
Un general del Ejército de los Estados Unidos expresaba su doctrina militar de esta forma: “Hay que sacar el mar en el que nadan los guerrilleros ‒es decir, los campesinos‒ y la mejor manera de conseguirlo es convertir sus pueblos en un infierno, de manera que se vayan a nuestros campamentos de refugiados”. Un soldado recuerda que luego de los bombardeos se buscaban las casas que se mantuvieran en pie y procedían a quemar las cabañas y los arrozales: “En unos días quemamos tanto arroz y tantas cabañas que por la noche se veía la ruta del día marcada por docenas de columnas de humo blanco, que se extendían de un valle silencioso a otro”.
En 1965 un periodista de Estados Unidos presentaba un cuadro sobre el “humanitario” comportamiento de las tropas de su país, señalando que había visto “las cabezas de los prisioneros mantenidos bajo el agua y las hojas de las bayonetas apretadas contra sus gargantas (…) En casos más extremos, las víctimas tenían astillas de bambú debajo de uñas o cables de teléfono de campaña conectados a los brazos, los
pezones o los testículos. Otra técnica de la que se habla es la conocida como el “paso largo”. La idea es subir a varios prisioneros a un helicóptero y tirar a uno de ellos para aflojarle la lengua a los otros”.
Reviviendo la práctica despreciable de las “guerras indias”, “algunos soldados cortaban de un tajo la cabeza de los vietnamitas para guardarla, comerciar con ella o cambiarla por recompensas ofrecidas por los jefes. Muchos más cortaban las orejas de sus víctimas, con la esperanza de que desfigurando a los muertos asustarían al enemigo. Algunos de esos trofeos eran (…) conservados por los soldados que los llevaban en collares o los exhibían de diferentes formas. Aunque las orejas eran el recuerdo más común, también gustaban mucho los cueros cabelludos, penes, narices, pechos, dientes y dedos”.
Han pasado cinco meses, desde que el presidente de Rusia, Vladimir Putin deseara al presidente de EE.UU., Joe Biden que “tenga buena salud”, después de que éste le calificara de “asesino”. Al parecer algo persigue a los norteamericanos que afecta incluso a Joe Biden, quien calificó este martes de “éxito extraordinario” la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán. ¿Será que los servicios de inteligencia rusos conocen algo sobre la salud de Biden?



