Santiago de Lucanamarca (Huancasancos) Ayacucho. Miembros del grupo subversivo Sendero Luminoso iniciaron un ataque a las 8:00 a. m. con hachas, machetes y cuchillos a cinco poblados (Yanaccollpa, Ataccara, Llacchua, Muylacruz y Lucanamarca), asesinando a 69 pobladores, entre los que se encontraban también menores de edad, niños y mujeres en estado de gestación. La acción cruenta a través de los poblados duró hasta aproximadamente las 5:00 p. m.
De acuerdo con el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), la columna senderista estaba al mando “de Hildebrando Pérez Huarancca e integrada, entre otros, por Víctor Quispe Palomino o Glicerio Alberto Aucapoma Sánchez , René Carlos Tomayro Flores, Gilber Curitumay Allaucca, Raúl Allccahuamán Arones y Félix Quichua Echajaya. Incursionaron en el distrito de Santiago de Lucanamarca con el propósito de aniquilar a su población, como una “sanción ejemplar” por haberse rebelado contra esa organización y haber colaborado con las fuerzas del orden en la lucha contra la subversión.
Los sobrevivientes de la masacre de Lucanamarca, una de las peores del grupo terrorista Sendero Luminoso en Perú, recuerdan esa terrorífica noche y no perdonan al cabecilla Abimael Guzmán(+)
La matanza de Lucanamarca fue percibida como un mensaje de lo que le podría suceder a quienes no estuviesen dispuestos a someterse a las reglas de Sendero Luminoso.
También mostró la crueldad y determinación a la que estuvo dispuesta la organización terrorista. El terror empleado contra quienes no se plegaban a sus filas o contra delatores valió a Guzmán el apodo de “Pol Pot andino”.
“Abimael ha querido destruirnos a todos, más a los campesinos. Esta herida que nos ha dejado no se borra”, es la voz de los sobrevivientes.
“Abimael no tiene perdón. Si está muerto, que quemen su cuerpo y lo echen al mar para que desaparezca”, pidió esta profesora que perdió a nueve parientes en la masacre, entre ellos a su madre y un hijo.
En el 2006 la justicia peruana declaró culpables a Abimael Guzmán y a su esposa Elena Yparraguirre de ser los autores intelectuales de la matanza de Lucanamarca, y los condenó a cadena perpetua.
En Santiago de Lucanamarca, un poblado dedicado a la agricultura y la ganadería, habitan unas 2,600 personas cuyo idioma materno es el quechua, y que viven en viviendas de adobe y ladrillo.
En su pequeña plaza de Armas se ha colocado un monumento en forma de pirámide con los nombres de las 69 víctimas de la matanza, incluidos 22 niños y 14 mujeres.
Los restos, la mayoría identificados tras ser exhumados de una fosa común, reposan en un mausoleo del cementerio del pueblo. Los nichos llevan la misma fecha de deceso: 3 de abril de 1983.
Por temor a represalias los familiares sólo denunciaron formalmente el hecho 18 años después, en el 2001, ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación que investigó el conflicto interno peruano (1980-2000).
El conflicto dejó en total 70,000 muertos, miles de desaparecidos y desplazados por la violencia de las guerrillas y las fuerzas armadas, que dejó a las poblaciones andinas bajo fuego cruzado.
Lucanamarca es muestra de dolor, muerte y pérdida del tejido social, que a la fecha aún sigue esperando una real presencia del Estado. Sigamos haciendo memoria ante estos hechos condenables para que nunca más se repitan. Que las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación no solo queden en el escritorio. Difundir su contenido en las nuevas generaciones para que sepan lo acontecido y contrarrestar el negacionismo que tergiversa la verdad de lo que sucedió durante los años de violencia. Tener presente que Ayacucho fue una de las regiones que registró el más alto índice de violación a los derechos humanos.



