Nuestro país, continúa con esa larga historia, porque los antagonismos persisten, no tenemos una nación, sino un conjunto de nacionalidades (lo dijo Basadre), por ello es nula la integración nacional. Hoy en día la mal llamada “clase política” se llena la boca con aquello del pueblo, para el pueblo pero ¿quién es el pueblo? ¿Los incondicionales? ¿el clientelaje político? ¿O aquellos sin pizca de ideología que dicen todo por el pueblo?
Hay ejemplos que ha recogido nuestra historia: el proceso de la colonia, las reformas que implantó, la respuesta de los peruanos con los levantamientos indígenas, caso Túpac Amaru. Oscar Espinoza de Rivero, plantea un panorama frente a lo que llamamos ciudadanía diferenciada, la situación de los indios, criollos y mestizos al establecer la república peruana, que aparentemente eliminó, pero solo formalmente la distinción entre éstos. Ahí está la proclamación simbólica de la “independencia del Perú” por San Martín, en los hechos reales nunca hubo un cambio en las relaciones de convivencia. Actualmente lo observamos, la discriminación continúa, la propia clase política y políticos tienen en “agenda” aquello de “ciudadanos de primera y segunda categoría”.
En el presente siglo XXI, persiste la preocupación del problema de la identidad nacional y la discusión sobre nuestra diversidad cultural, los derechos de los pueblos indígenas y amazónicos. Lo que tenemos es un problema de convivencia social, poder entender de “cómo queremos vivir juntos” a pesar de nuestras diferencias. Aún no estamos organizados políticamente, menos sabemos que tipo de Estado queremos en nuestro país. Aún no tenemos la integración nacional, las diferencias están en pie, como aquellos que pregonan eso de “ciudadanos de primera y segunda categoría”, acota Espinoza de Rivero.
Para Víctor Hortel, una de las amenazas para la democracia, es la corrupción; hay gravísimos precedentes, como en los años ochenta y noventa que se han apreciado en distintos países, donde este flagelo fue generalizado desestabilizando la institucionalidad, como el caso de Italia, donde todos buscaban beneficiarse de alguna manera, y en América Latina tenemos a Argentina, considerado como uno de los países con mayor corrupción.
La forma más grave de corrupción, actualmente es la corrupción política y las distintas formas de mafia internacional. Nos encontramos- como manifiesta -Hortel- con la globalización de la corrupción, la misma que debe merecer respuestas globales para su erradicación, siempre y cuando haya voluntad política (sic)
Actualmente, la corrupción es mucho más sofisticada, de acuerdo a la modernidad, se va tornando invisible, discreto, que los códigos penales no llegan a encuadrarla correctamente y ello es preocupante.
Un criterio certero, es la que afirma la profesora Bárbara White-Harris, de la Universidad de Oxford, al señalar que “la corrupción no se reduce al soborno, sino que se extiende a la evasión fiscal, a la explotación laboral, el tráfico humano y distorsiona la ética que debe regir una sociedad”. Debemos entender como violación a los derechos humanos.
Como dice Weber, tenemos que distinguir entre una “ética de la convicción y una ética de la responsabilidad”. La lucha contra la corrupción, tiene que ser entendida como la defensa de la democracia. He ahí el debate que deberían promover los candidatos que se aprestan a competir en las elecciones regionales y locales del 2022; siempre y cuando estén capacitados en la problemática del día. El electorado tiene la potestad de conminar a que haya propuestas sólidas, reales y no el populismo o la compra de conciencia. Debe ser el momento de decir NO a la corrupción política y no repetir el mismo plato que actualmente observamos y sentimos en nuestro entorno social. En ese camino el anuncio de la Mesa de Concertación de Lucha contra la Pobreza de Ayacucho de encaminar el Pacto de Gobernabilidad, es una buena iniciativa, pero siempre y cuando participe la población a través de sus organizaciones sociales, que sus voces sean escuchadas por los candidatos y éstos den a conocer su plan de gobierno real y concreto y no el populismo simplista, como el vendedor de sebo y culebra. ¿Nos estamos embruteciendo con la corrupción generalizada desde el Estado?



