Maradona fue parte de mi vida, el futbolista y todas sus facetas. Hemos sentido que con él reivindicamos en victoria parte de nuestras derrotas de pueblos oprimidos, por ello, el “gol del siglo” no sólo era el pase de Diego a dios, sino la explosión de todas nuestras frustraciones convertidas en revanchas y victorias, pero también nos sentimos culpables de sus taras y defectos, al final, Diego era un dios dionisiaco, tan cercano a las debilidades humanas, pues en los ochenta se era macho o no. Era un mundo biplànico.
San Juan de Lurigancho, mi barrio, en los ochenta seguía siendo una zona polvorienta con algunos asfaltados esporádicos para esos grandes carros que pasaban a unos pocos metros de mi casa. Al frente de nuestro barrio había un canchón de tierra y polvo. Ahí se daban los enfrentamientos futboleros más heroicos de mi infancia. Me parece que el canchón se llenaba cada sábado y domingo de conocidos rivales. Bueno, sino mal recuerdo, eran los famosos festivales deportivos, donde había diversas viandas de comida peruana, cervezas y gaseosas muy bien surtidas. Y por supuesto, los goles que se gritaba a viva voz.
En ese canchón, yo era un niño enamorado de mi prima Elsa. Por ella me ponía una capa de plástico azul e iba corriendo por todo el inmenso canchón para que ella, desde su casa, se percatara de mis atributos como héroe. Era una niña bella, angelical con unos cabellos azabache y largos, parecía salido de algún personaje de Walt Disney.
En ese momento de mi vida tenía muchos héroes como Superman, Aquaman, el hombre Araña, pero en ningún momento Maradona era ese héroe y Dios que es ahora. En los ochenta Maradona era el ícono que se estaba construyendo. Con el tiempo Maradona terminó siendo el político, el que representaba a los pobres, a los malnutridos, los que van a la chamba desde muy temprano para ganarse la vida en las grandes fauces de esa Lima engullidora. Diego, representaba la rivalidad por la derrota contra Inglaterra en la guerra de las Malvinas, pero paralelamente envuelto en drogas, mujeres, fiestas y maltratos hacia la mujer. Esta diversa dimensión del Pelusa, me hace recordar mucho a mi padre, tan igual, como machista y patriarcal. Mi padre y el Pelusa fueron mis primeros referentes éticos. El primero me dio los primeros códigos para sobrevivir. El Pelusa, la permanente reivindicación de una Lima de migrantes provincianos. Aún así era un niño feliz en medio de ese mundo caótico y diverso. Con el tiempo el canchón se redujo, en
una parte de ella se construyeron las famosas lozas de Belmont como alcalde.
Tras la muerte de este marciano del futbol, no sólo se deja atrás un genio, se deja aquellas taras del hombre de los 80, pues para un gran sector de las generaciones actuales, les parece inconcebible continuar con los valores negativos que representaba Diego en vida. Y yo como un ser multidimensional sigo arrastrando a regañadientes aquella herencia cultural de mi padre y el Pelusa.



