Mientras se sigan manteniendo conceptos arcaicos sobre los roles del varón y la mujer, tanto en el hogar como en el trabajo, va perdurar esa agresión contra las mujeres en el campo doméstico y laboral, violencia que muchas veces no se denuncia, porque las víctimas la aceptan como algo natural, que es la ley de la vida y el agresor cree, porque así lo formaron, que el pone orden en su medio, sea la casa o la oficina.
Empoderar a la mujer es resultados de más de un siglo de luchas de las mujeres que se rebelaron contra el orden patriarcal, que dominaba de manera indiscutible las normas sociales basadas en dogmas religiosos. Hasta mediados del siglo XX, el padre era el jefe del hogar y la mujer y los hijos debían obediencia y respeto. Y en el campo laboral, había una clara diferencia: los varones gerentes, las mujeres secretarias.
Todo eso ha cambiado para bien. La mujer, que es la mitad de la humanidad tiene hoy los mismos derechos que los varones, y por tanto, cumple con los mismos roles en el hogar y en el trabajo. Una nueva forma de organizar la vida familiar, compartiendo las responsabilidades de la crianza de los hijos y de la provisión de recursos para mantenerlos, es lo que ahora se busca y en muchos hogares funciona muy bien.
Romper con los falsos paradigmas, que se han mantenido miles de años, y se sustentaban en libros sagrados, no es fácil. La penalización de la violencia familiar, en especial contra la mujer, es un paso importante. Pero no basta la represión, sino una formación integral a los niños y adolescentes, algo que el congreso quiere desaparecer del currículo escolar con la supuesta “ideología de género”.
La propuesta de una educación inclusiva, superando los estereotipos del modelo de padre y de la madre, permitirá que los niños tengan una verdadera visión de los roles de los hombres y mujeres de manera compartida. Y lo más importante, permitirá el diálogo en el momento de tomar las decisiones más importantes para la familia.



