InicioCOLUMNISTAS¿Quién pone el menú en la política? | Opinión

¿Quién pone el menú en la política? | Opinión

La célebre frase “quién puso el menú” corresponde a Martha Hildebrandt, quien, hacia el año 2007, durante una alocución en el Congreso de la República, reflexionó sobre por qué el país cuenta con autoridades tan cuestionadas, muchas veces con las credenciales más infames, ocupando los cargos públicos de mayor responsabilidad. Y, sin embargo, pareciera que cada uno compite por ser peor que el anterior en cada mandato.

En ese contexto, Hildebrandt intentó encontrar una explicación a este fenómeno y llegó a una conclusión contundente: los partidos políticos son los principales responsables, ya que ellos «ponen el menú» del cual los peruanos deben elegir. Es decir, definen a los candidatos y limitan realmente las opciones del elector.

Este planteamiento contradice la idea generalizada de que el ciudadano es plenamente responsable de su voto, y que los errores de elección se deben, únicamente, a la desinformación o superficialidad del votante. Ese razonamiento suele terminar con la frase: “para la próxima, elige mejor”. Pero, ¿cómo se puede elegir mejor en un sistema que ya viene diseñado para restringir las opciones?

Nos enfrentamos a un sistema político perverso, en el que nadie puede presentar una candidatura sin el respaldo de un partido. Y dentro de estos partidos, los candidatos no son necesariamente los mejores perfiles, sino aquellos que tienen poder económico para financiar sus campañas, aunque también arrastren un historial de denuncias y antecedentes cuestionables.

De ahí surge otra frase común en los procesos electorales: “votemos por el mal menor”, sin saber si ese “mal menor” no será, en realidad, la peor opción. Los partidos han acostumbrado a la ciudadanía a resignarse a esa lógica, y a depositar sus esperanzas en el “rostro nuevo”, en el “outsider”, como si se tratara de una alternativa. Pero ese outsider suele ser parte del mismo menú reciclado.

De cara a las próximas elecciones, los partidos volverán a presentar su oferta. Afirmarán que traen algo nuevo, prometerán que “no repiten el plato” y se mostrarán como la renovación que el país necesita. Sin embargo, detrás del discurso persiste la misma receta: prácticas políticas tradicionales, tramas de corrupción, estrategias disfrazadas de novedad. Y una vez electos, muchos darán la espalda a la población, reprimirán la protesta y priorizarán los intereses de los grupos económicos que realmente mueven los hilos del poder en el Perú.

Así, las promesas se acumulan sin cumplirse: justicia social, lucha contra la corrupción, combate a la criminalidad. Todo ello resulta inviable sin reformas estructurales, comenzando por una nueva Constitución. En un país sin institucionalidad sólida, los partidos políticos han pervertido la democracia, transformándola en una fachada. La soberanía popular y el sufragio universal se han vuelto meras formalidades, pensadas solo para validar lo que ya se decidió a puerta cerrada.

La solución, entonces, pasa por una toma de conciencia ciudadana frente a la crisis democrática actual. El totalitarismo parlamentario ha sido gestado desde las prácticas autoritarias de los propios partidos.

Y quienes hoy ostentan el poder harán todo lo posible para impedir que esa conciencia despierte: inhabilitando competidores, copando organismos electorales, reformando leyes a su medida, bloqueando procesos constituyentes, creando partidos satélites y manipulando la opinión pública a través de medios afines y encuestas amañadas.

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