Nelson Pereyra | Larga duración
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Hace un par de semanas, la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga conmemoró un nuevo aniversario de su fundación y de su posterior reapertura. Creada en 1677 y clausurada tras la Guerra del Pacífico, la institución volvió a abrir sus puertas en 1959 con una misión que iba mucho más allá de formar profesionales: generar conocimiento científico capaz de contribuir al desarrollo de Ayacucho.
Ese propósito marcó sus primeros años. La investigación en ciencias, ingeniería, antropología y otras disciplinas buscó comprender la realidad regional para transformarla. En la década de 1960, cuando el debate sobre la reforma agraria ocupaba un lugar central en América Latina, la universidad impulsó estudios sobre la estructura de la propiedad rural y promovió proyectos de desarrollo que respondían a las necesidades de una sociedad predominantemente campesina y con elevados índices de pobreza y analfabetismo. La investigación era entendida como una herramienta para interpretar la realidad y, a partir de ese conocimiento, impulsar soluciones.
La violencia política de los años ochenta interrumpió ese proceso. La pérdida de docentes e investigadores, la inseguridad y la estigmatización que recayó sobre la universidad paralizaron numerosos proyectos. Solo décadas después la institución ha logrado recuperar parte de ese impulso. Hoy financia investigaciones con recursos provenientes del canon gasífero de Camisea, fortalece la formación de nuevos investigadores y ha incrementado el número de docentes reconocidos en el Renacyt. Ese esfuerzo también se refleja en su mejor ubicación dentro del sistema universitario peruano.
Sin embargo, junto con estos avances, persisten limitaciones que merecen una reflexión crítica. Una de ellas es la creciente burocratización de la investigación. En muchos casos, el cumplimiento estricto de protocolos metodológicos ha terminado desplazando el verdadero sentido de investigar: formular preguntas relevantes y construir conocimiento original.
Las normas de la American Psychological Association (APA), por ejemplo, fueron concebidas para estandarizar la comunicación científica y garantizar criterios éticos y de presentación de los trabajos académicos. Nunca pretendieron convertirse en un método único de investigación ni, mucho menos, en una receta aplicable a todas las disciplinas. Su utilidad reside en facilitar la comunicación entre investigadores, no en reemplazar el razonamiento científico.
No obstante, en las aulas universitarias el manual APA ha adquirido un protagonismo desmedido. Los cursos de investigación suelen concentrarse en llenar formatos, clasificar variables, definir diseños metodológicos y cumplir extensas listas de requisitos formales. Mientras tanto, aspectos esenciales como la formulación del problema, la construcción de preguntas de investigación o la discusión de las evidencias quedan relegados a un segundo plano. El resultado es una formación que privilegia la forma sobre el contenido y que, con frecuencia, termina desalentando la curiosidad intelectual de los estudiantes.
A ello se suma una idea igualmente discutible: creer que toda investigación debe resolver de manera inmediata un problema social. En realidad, la investigación busca, ante todo, responder preguntas y ampliar las fronteras del conocimiento. Comprender el origen del universo, estudiar los sueños o analizar las transformaciones culturales de una comunidad son investigaciones tan legítimas como aquellas orientadas a resolver problemas productivos o tecnológicos. Será después, mediante proyectos de aplicación, políticas públicas o innovación, cuando ese conocimiento pueda traducirse en beneficios concretos para la sociedad.
La reapertura de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga representó una apuesta por el conocimiento como motor del desarrollo regional. Mantener vivo ese legado exige fortalecer la investigación, pero también preservar las condiciones que la hacen posible: la libertad para formular preguntas, la creatividad para encontrar respuestas y la confianza en el talento de profesores y estudiantes. Solo una universidad que investiga con rigor, pero también con imaginación y autonomía, podrá honrar el espíritu que inspiró su reapertura y seguir contribuyendo al desarrollo de Ayacucho desde el conocimiento y la innovación.
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