InicioCOLUMNISTASEl amauta | Opinión

El amauta | Opinión

Lalo Quiroz | El partero
[email protected]

El martes pasado, se conmemoraría el Día del Maestro en todo el territorio nacional; una fecha que, me traería a la memoria al amauta José María Arguedas. Sobre todo, el discurso que pronunciaría un 18 de octubre de 1968, cuando recibiría el Premio Inca Garcilaso de la Vega en la Casa de la Cultura de Lima; un galardón que, le sería otorgado en vida por su invaluable contribución al campo de la literatura y la cultura. En la ceremonia, este escritor y antropólogo peruano pronunciaría su histórico y emotivo discurso: “No soy un aculturado”; el mismo que, se convertiría en una suerte de testamento literario, intelectual y político heredado a las futuras generaciones.

La revolución rondando en motocicleta | Opinión

El amauta, iniciaría su discurso aceptando el premio con humildad y resaltando que su obra literaria tuvo como único propósito la difusión de la cosmovisión y el arte quechua; partiendo por valorar sus propias raíces andinas –y el legado cultural de su pueblo— y por reconocerse como un «individuo quechua moderno». A través de este nuevo sujeto, no solamente se reivindicaría la cultura indígena y se intentaría desestigmatizarla de una alteridad “degenerada”, “extraña” o “impenetrable”; sino, además, se buscaría demostrar que su sabiduría y belleza artística debían formar parte fundamental de la identidad nacional criolla. En esa línea, señalaría que –en realidad, la cultura indígena sería heredera de una civilización grandiosa y de grandes hazañas (Imperio Inca); pero, que esta grandeza fue anulada por un triple sistema de opresión: el desprecio social (racismo y discriminación), la dominación política y la explotación económica. Este sistema dominante, terminaría por “acorralar” y separar a esta población para mantener el control y facilitar su administración y abuso; manteniendo una actitud distante, de las clases dominantes (los “acorraladores”) hacia los indígenas. «Pero los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte. Dentro del muro aislante y opresor, el pueblo quechua, bastante arcaizado y defendiéndose con el disimulo, seguía concibiendo ideas, creando cantos y mitos. y bien sabemos que los muros aislantes de las naciones no son nunca completamente aislantes. A mí me echaron por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño; me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa». Así, desde su condición de mestizo, plantearía un diálogo intercultural y un mestizaje cultural, destacando que la cultura andina ha tenido el mérito de asimilar y engrandecerse con conocimientos y artes de otros pueblos (en este caso, la vertiente occidental), buscando un puente de unión y no de exclusión; y, en ese sentido, su obra literaria buscaría difundir la cosmovisión y el arte quechua, enriqueciéndolos con elementos occidentales para integrarlos a la cultura nacional, demostrando que la cultura andina no era inferior, sino un aporte vital para el Perú.

«Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua».

Ese dualismo cultural –sus dos naciones en conflicto—, le instaría a destruir el cerco y a demostrar que el caudal de las dos naciones se podía y debía unir; y lo haría a través de sus dos obras más emblemáticas. En “Los ríos profundos” sería la puesta en práctica de su resistencia cultural a través del personaje de Ernesto; quien, al inicio, contemplaría un muro inca en el Cusco y lo vería como un ser vivo, demostrando que su mentalidad no había sido colonizada. A pesar que, sería objeto de la violencia estructural de las instituciones occidentales –como la escuela y la iglesia—; sin embargo, sobrevivirá gracias a su arraigo quechua. En esta novela, resulta interesante destacar el sentido simbólico del zumbayllu; un objeto que conecta el mundo escolar occidental con las fuerzas mágicas del universo andino. En el caso de “Todas las sangres”, su obra de madurez, proyectaría al Perú como una nación diversa –aunque unida, pero, no homogénea—; en donde, mostraría que la llegada del capitalismo transnacional y la mentalidad señorial limeña intentarían borrar la identidad indígena. Es en esta novela, a través de su personaje Rendón Willka, donde ejemplificaría perfectamente al “no aculturado”; dado que, Willka estudiaría en Lima, aprendería las leyes occidentales, pero regresaría a su comunidad para liderar la liberación con su sabiduría andina. «No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo».

Jornada – Redes sociales
FacebookFacebook
InstagramInstagram
TikTokTikTok
XX (Twitter)
WhatsAppCanal de WhatsApp
ARTÍCULOS RELACIONADOS

MÁS POPULAR