Nelson Pereyra | Larga duración
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Estados Unidos acaba de conmemorar el aniversario 250 de su independencia. Lo que comenzó como una serie de protestas de los colonos de Boston contra las políticas fiscales británicas desembocó en la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776, documento que justificó la ruptura de las trece colonias con Inglaterra y proclamó la igualdad de los hombres y la existencia de derechos inalienables como la vida, la libertad y la propiedad.
En medio de la efeméride, el presidente Donald Trump ha reivindicado una narrativa oficial de la historia estadounidense. Defendió el carácter excepcional de Estados Unidos y llamó a recuperar una enseñanza de la historia basada en el “orgullo patriótico”, frente a lo que considera interpretaciones “revisionistas” o “negativas” del pasado nacional.
Se trata de una visión lineal, heroica y cohesionada de la historia, en la que los padres fundadores adquieren un carácter casi mítico y la unidad nacional aparece desprovista de conflictos y contradicciones. Es un relato pensado para fortalecer la identidad colectiva, pero que termina simplificando un pasado mucho más complejo.
Como ocurre con toda memoria oficial, esta narrativa también está hecha de silencios. Son precisamente esos silencios los que han alimentado un intenso debate entre historiadores. ¿Qué significa celebrar la independencia sin hablar de la esclavitud que coexistió con la proclamación de la igualdad? ¿Cómo narrar el nacimiento de la nación sin reconocer el despojo de los pueblos indígenas o las prolongadas exclusiones que padecieron mujeres, afroamericanos e inmigrantes?
El problema no radica en conmemorar una fecha fundacional, sino en convertir esa celebración en un relato excluyente. Cuando una versión oficial se presenta como la única historia legítima, otras memorias quedan inevitablemente marginadas. El patriotismo deja entonces de ser una invitación al diálogo para convertirse en un criterio que determina qué episodios merecen ser recordados y cuáles silenciados. Las controversias sobre los programas escolares, los museos y las políticas culturales muestran hasta qué punto la disputa por el pasado es también una disputa por el presente.
En ese contexto, la voz del historiador Robin D. G. Kelley resulta especialmente significativa. Como intelectual afroestadounidense y especialista en historia social, Kelley señala que la historia de Estados Unidos debe también comprenderse desde la experiencia de esclavizados, trabajadores, mujeres, pueblos indígenas, migrantes y activistas que ampliaron, con sus luchas, el significado mismo de la libertad.
Kelley sostiene que las contradicciones fundacionales de Estados Unidos no constituyen una anomalía, sino un rasgo constitutivo de su desarrollo histórico. La democracia nació junto a la esclavitud; la expansión territorial avanzó sobre el despojo y la violencia contra los pueblos originarios; la promesa de igualdad convivió durante generaciones con la exclusión de millones de personas. Ignorar esas tensiones no fortalece la identidad nacional, la empobrece.
Su propuesta también cuestiona la idea de que la historia pertenece exclusivamente a los vencedores. Recuperar la voz de quienes nunca ingresaron en los libros de historia significa reconocer que el pasado está compuesto por múltiples experiencias silenciadas por razones de raza, clase o género. No se trata de sustituir un relato oficial por otro, sino de ampliar el campo de visión para comprender que la nación también fue construida por quienes resistieron la exclusión y lucharon por derechos que hoy parecen incuestionables.
Quizá la mayor fortaleza de una democracia resida precisamente en su capacidad para mirar críticamente su pasado. Una nación puede honrar su historia sin convertirla en un mito. Al cumplirse 250 años de la independencia estadounidense, el debate entre historiadores recuerda una verdad incómoda pero necesaria: las democracias no se debilitan cuando revisan sus contradicciones; se debilitan cuando prohíben hacerlo. El patriotismo más sólido no es el que exige silencio, sino el que admite que la libertad también consiste en discutir la historia.
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