Lalo Quiroz | El partero
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El 04 de enero de 1952, un joven estudiante de medicina de 23 años, asmático y especializado en lepra y su amigo un bioquímico y ‘vagabundo científico’ de 29 años, iniciarían una travesía que partiría –al son del tango “Adiós muchachos”— de Buenos Aires y se extendería por toda Latinoamérica. El objetivo sería recorrer 8,500 kilómetros en cuatros meses, sin una hoja de ruta y abiertos a la improvisación, y montados sobre “La Poderosa”: una desvencijada motocicleta Norton 500, del año 1939, que estaría rota y goteaba aceite. Esa travesía, cambiaría la vida de estos dos personajes y daría un giro de tuerca a la historia de América Latina y el Caribe; sobre todo, la vida e historia de la isla más grande de las Antillas Mayores, que perduraría hasta el día de hoy. Estos personajes serían Ernesto Guevara de la Serna –antes de que se convirtiera en el ‘Che’ y su imagen sea resignificada por el consumismo capitalista— y Alberto Granado.
Este recorrido sería llevado a la pantalla grande, bajo el título de “Diarios de motocicleta” (2004), por el director de cine brasileño Walter Salles; un guion que, precisamente, estaría basado en los libros “Notas de viaje” del ‘Che’ Guevara y “Con el Che por Latinoamérica” de Granado. El viaje iniciaría «de Buenos Aires hasta La Patagonia, y de después a Chile, luego al norte, hasta los 6,000 metros por la columna vertebral de los Andes hasta Machu Picchu; de ahí, al leprosario de San Pablo en la Amazonía peruana, destino final, la península de la Guajira en Venezuela, en la punta norte del continente». Lo que comenzaría como una aventura de dos jovenzuelos pertenecientes a una clase social acomodada, cuya intención sería conocer territorios que sólo conocían a través de libros y acercarse a una realidad ajena, se transformaría en un despertar social al presenciar la pobreza, la desigualdad y la explotación de los pueblos indígenas. «Querida vieja, Buenos Aires quedó a atrás, atrás también quedó la perra vida, la facultad, los exámenes y las disertaciones soporíferas, ante nosotros se extiende todo América Latina, […] Me alegra haber dejado atrás lo que llaman civilización y estar un poco más cerca de la tierra».
A lo largo de la ruta, que los llevaría por Chile, Perú, Colombia y Venezuela, su vieja motocicleta terminaría averiándose por completo; obligándoles a continuar su camino a pie y haciendo autostop. A medida que avanzan, los dos amigos se enfrentarían a la dura realidad del continente: conocerían a mineros maltratados y explotados en la Mina de Chuquicamata, a campesinos sin tierra explotados por los terratenientes, y comunidades marginadas; pero, también, reconocerían la unión y solidaridad en la organización de los comuneros. «Al salir de la mina sentimos que la realidad empezaba a cambiar o éramos nosotros, a medida que nos adentramos a la cordillera encontramos cada vez más indígenas que ni siquiera tienen un techo en lo que fueron sus propias tierras (02 de abril de 1952, Km. 6,932).
Finalmente, entramos en el Perú, gracias a un camionero medio ciego, Félix. […] Por fin, llegamos al corazón de América». En Machu Picchu, el 05 de abril (Km. 7014), se quedarían maravillados. Pero, no exactamente, porque sea el producto bandera de la Marca Perú y una las “maravillas del mundo”; sino, porque reflexionarían sobre su verdadero valor y legado histórico: «Los incas tenían un alto conocimiento en astronomía, medicina matemática, entre otras cosas, pero, los invasores españoles tenían la pólvora, ¿Cómo sería América hoy, si las cosas hubieran sido diferentes? ¿Cómo es posible que sienta nostalgia por un mundo que no conocí?, ¿Cómo se explica que una civilización que sea capaz de construir esto [Machu Picchu], sea arrasada para construir esto [Lima]?».
Sin embargo, en Lima, el Che conocería y se nutriría con los “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana” de José Carlos Mariátegui, y volarían rumbo a la Amazonía. Ahí, durante su estancia en la colonia de leprosos de San Pablo, ocurriría un punto de inflexión fundamental; dado que, conectarían profundamente con los pacientes. Esta experiencia tendría un impacto transformador en ellos, especialmente en Ernesto, quien dejaría atrás su visión romántica e idealista para desarrollar una profunda conciencia social. El filme no muestra al líder revolucionario en acción, sino el proceso humano de formación de sus ideales y su descubrimiento de la identidad latinoamericana; es por ello que, el día de su cumpleaños y en medio de los leprosos, brindaría por el Perú y América unida.
Al terminar su periplo y despedirse de su amigo Granado, con quien se reencontraría ocho años después en plena Revolución Cubana, el Che escribiría: «No es este el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho, con identidad de aspiraciones y conjunción de ensueños. ¿Fue nuestra visión demasiado estrecha, demasiado parcial, demasiado apresurada? ¿fueron nuestras conclusiones demasiados rígidas? Tal vez. Pero, ese vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América, me ha cambiado más de lo que creía. Yo ya no soy yo. Por lo menos, ya no soy el mismo yo interior».
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