Mario Zenitagoya | Otra Mirada
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Festejar las Fiestas Patrias en un contexto de democracia débil implica resignificar la celebración, pasando de la validación ciega de las instituciones a una reafirmación del valor ciudadano, la cultura y la defensa de los derechos fundamentales.
Conmemorar a los próceres no desde la idealización, sino analizando los ideales inconclusos de libertad y justicia social que dieron origen a la nación.
Fomentar el debate cívico y la organización comunitaria para exigir rendición de cuentas, transformando la fecha en un recordatorio de que la democracia la construyen los ciudadanos día a día.
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Priorizar las expresiones locales, el arte, la gastronomía y las tradiciones regionales. Esto descentraliza el poder y fortalece la identidad comunitaria por encima del discurso oficial.
Usar espacios públicos, foros ciudadanos y manifestaciones pacíficas para recordar las demandas sociales postergadas y alzar la voz frente al deterioro institucional.
Las Fiestas Patrias en el Perú representan un periodo de profundas contradicciones. Celebrar la independencia nacional choca directamente con la realidad de una institucionalidad debilitada y una grave crisis política y de corrupción
En las últimas décadas, el desgaste de las instituciones democráticas peruanas ha sido evidente. La desconfianza ciudadana se ha intensificado debido a múltiples factores.
Diversos sectores del Estado han sido cuestionados o capturados por redes de intereses particulares. Esto limita la efectividad de las políticas públicas y frena el desarrollo social y económico del país.
El Perú ha enfrentado una notable inestabilidad, con la sucesión de varios presidentes en un corto periodo, muchos de ellos investigados o destituidos por presuntas irregularidades y coimas.
Se ha observado un constante choque entre el Poder Ejecutivo y el Congreso de la República, así como intromisiones que buscan socavar la independencia de entidades fundamentales como el sistema judicial y los entes electorales.
La corrupción sistémica genera pérdidas millonarias que se traducen en falta de infraestructura, salud, educación y seguridad para millones de peruanos.
Para quienes viven en zonas como Ayacucho, este panorama nacional se traduce en una mayor exigencia de transparencia y rendición de cuentas, transformando muchas veces las fechas de conmemoración cívica en espacios de reflexión crítica y demanda por un sistema verdaderamente representativo y democrático.
¿Es posible recuperar una plena democracia en nuestro país? Opiniones generales manifiestan que el Perú puede recuperar su democracia real, pero esto requiere un proceso profundo y sostenido de reformas institucionales, ciudadanas y políticas. Actualmente, el país atraviesa una grave crisis de representatividad y un deterioro de la institucionalidad en medio del flagelo de la corrupción.
“Somos conscientes de que en los últimos años asistimos a un proceso de deterioro de la convivencia entre las naciones y del respeto a los DD.HH. La gravedad de los males no detiene nuestro propósito sino, por el contrario, nos obliga a redoblar los esfuerzos para contrarrestar sus efectos y contribuir a su superación”, puntualiza el Dr. Miguel Giusti (director del Instituto de Democracia y Derechos Humanos)
Ante los retrocesos en el Estado de derecho, debemos promover un camino a seguir basado en los derechos humanos con participación amplia de la ciudadanía, que incluya a los pueblos indígenas, afrodescendientes, mujeres en su diversidad, defensores de DD.HH., la academia, operadores de justicia comprometidos y funcionarios estatales aliados».
Mag. Jane Anttila
Jefa de la Misión Técnica en el Perú de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).
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