Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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La ajustada victoria electoral que llevará a Keiko Fujimori a la presidencia es parte de la alternancia democrática. Pero también podría ser el retorno de una tradición política que hizo del orden una coartada y de la concentración del poder una forma de gobierno. El socialismo se enfrenta a una encrucijada que exige memoria histórica y una profunda refundación.
Cien años atrás, en 1919 nació el “Oncenio“ de Leguía, tras un golpe de Estado que disolvió el Congreso y gobernó hasta 1930 autoritariamente. En ese contexto, en junio de 1927, José Carlos Mariátegui y su entorno, fueron acusados de “conspiración comunista”, siendo él recluido en el Hospital Militar San Bartolomé, por su salud, pues en 1924 se le amputó una pierna.
Luego rechazó ser parte de un “complot folletinesco de subversión”. Reclamó ser “marxista convicto y confeso, —y como tal, lejano de utopismos en la teoría y en la práctica—”. Negó entretenerse “en confabulaciones absurdas”. Añadió que era “extraño a todo género de complots criollos de los que aquí puede producir todavía la vieja tradición de las “conspiraciones”. La palabra revolución tiene otra acepción y otro sentido.”
En ese momento, no había central sindical ni partido socialista. Y él no optó por la confrontación estéril ni por la conspiración, sino que mantuvo Amauta, y señaló en el número 10, que: “La temporal clausura de ‘Amauta’ pertenece a su biografía más propiamente que a su vida. El trabajo intelectual, cuando no es metafísico sino dialéctico, vale decir histórico, tiene sus riesgos.”
Ni miedo ni reformismo, solo evaluación concreta de la situación concreta. No cuestionó a Leguía de frente, se abocó a construir una alternativa cultural y política de largo aliento. Su apuesta fue por un partido abierto, legal y público, consciente de que la hegemonía no se conquista sólo en las alturas del poder, sino en las bajuras sociales y populares.
Hoy la democracia está en proceso de consolidación, pero el fujimorismo la ha debilitado tras copar las instituciones en la última década. Por eso hay similitudes. Ayer como hoy, crece el autoritarismo. El socialismo es débil. La derrota electoral lo ha relegado social y políticamente. Carece de una orientación estratégica y de una estructura ideológica y partidaria sólida, basada en la realidad peruana. Es frágil su articulación con los sectores populares.
Si Keiko gobernara como su padre, tendremos un régimen autoritario, persiguiendo a la oposición. Con el respaldo del poder económico y una creciente capacidad de inteligencia —como lo demuestra el acuerdo con Israel—, puede lograr identificar y bloquear a la oposición. Por ello, la estrategia debe ser otra.
El socialismo tiene que evaluar usar sólo la confrontación, el choque, la conspiración. O, como Mariátegui, también abocarse a construir una hegemonía cultural, social, política, ideológica, programática, organizacional desarrollando una revolución democrática, y en diálogo con la oposición y la sociedad. Superar la conciencia conservadora, autoritaria, racista llevará décadas.
La tarea del socialismo es reorganizarse ideológica, programática y estratégicamente para ser una fuerza política en defensa de la democracia y su expansión hacia una participativa. Además, democratizar la relación con las bajuras, superando la compra de conciencias, heredada del siglo XIX y XX y profundizada por el fujimorismo. Construir conciencia política y participación.
Tener presencia en las élites, y sobre todo en los sectores populares. Escuchar sus demandas y articular sus luchas. Ello lleva a una investigación e interpretación sobre los problemas nacionales, como abordar el problema de la informalidad con un diagnóstico con los propios informales, y planteando soluciones desde su realidad.
Impulsar un capitalismo competitivo que genere igualdad de oportunidades para los empresarios, desterrando privilegios para unos y migajas para otros. Desarrollar la industrialización capitalista para una futura transformación socialista. Desterrar el populismo fujimorista, dando poder a la población para su participación en la gestión pública.
Hay que convertir esta coyuntura en una oportunidad para el socialismo. La trascendencia de Mariátegui fue su resistencia y capacidad para fundar el socialismo en la adversidad, mediante la conciencia e interpretación de la realidad. Es tiempo de debate, preparación y elaboración de un nuevo socialismo como alternativa política y estratégica, no solo electoral.
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