Pero fue suficiente para convulsionar un territorio que no hacia mucho, menos de un siglo, había sido incorporado al imperio romano: Israel, junto con los pueblos que se levantaban desde lo que hoy Turquía, Siria, Líbano, Palestina y Jordania.
La lectura de los evangelios, escrita por sus apóstoles -lamentable sólo se aprobaron 4 en un concilio y deben haber sido muchos más- habla de un Jesús de origen humilde, hijo de un carpintero, que el algún momento fue obrero en Alejandría, la gran ciudad del antiguo Egipto.
Y en estos evangelios, está el mensaje de Jesús. En primer lugar, él no hablaba para los ricos sino para los pobres, los esclavos, los pequeños propietarios explotados, y en especial, contra el clero judío, que será el que finalmente lo denuncie y lo entregue a Pilatos.
Pilatos los manda a crucificar. No es el primer caso de crucifixión que se conoce en la historia del imperio romano. Espartaco, el esclavo gladiador que se levantó contra Roma fue crucificado junto a miles de esclavos que le siguieron en su levantamiento. Por tanto, la muerte de Jesús, es la muerte de un rebelde.
Al enfrentarse al poder romano instalado en Palestina y de manera especial contra la autocracia judía que se había acogido al dominio imperial de Roma, Jesús encarnaba, en gran parte, la aspiración de los pueblos, de ese entonces, de liberarse de la autoridad que ejercían los romanos.
Es bueno saber, que los pueblos ubicados en el Mediterráneo Oriental, seguían manteniendo su idioma, y el griego seguía siendo el dominante, resultado de los 3 siglos que tenía el imperio egipcio de los Tolomeos.
Pero también apuntaba contra las clases altas del propio judaísmo. Es claro su mensaje contra los comerciantes que habían convertido el templo en un mercado, los ricos que adoran la riqueza, rematando con su proverbio de que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de Dios.
Si contextualizamos a Jesús y lo traemos al momento actual, estaría sufriendo las mismas agresiones orales y físicas de los modernos fariseos. Lo acusarían de terruco, caviar, rojimio y pedirían, en palabras de López Aliaga, Keiko Fujimori o Santos, que le metan bala.



