Estuvo en lo cierto el gran maestro L.V. Beethoven al manifestar que “la música es una revelación mayor que toda la Sabiduría y la Filosofía”.
La covid 19 desnudó las falencias de la humanidad entre ellas la falta de solidaridad, uno de los grandes valores que lamentablemente a la fecha aún sigue en pie. En contraparte la lectura, la familia y la música nos siguen llenando de valor a la espera de mejores tiempos aunque sigamos observando al otro extremo de la orilla gente que piensa lo contrario. En este escenario doloroso muchos vieron partir a sus seres queridos, a los amigos entre otros.
Se afirma que la música es el bálsamo del hombre y en estos tiempos con mayor razón en el hogar por mayor tiempo de permanencia para escuchar la música de nuestra preferencia de grandes cultores de la música como la del romanticismo y entre ellos de un genio musical, el compositor y músico ejemplo de que en México también hay un indulto tácito para quienes contribuyen a moldear la cultura popular me refiero al gran Armando Manzanero.
Armando Manzanero era un artista de apariencia frágil pero ímpetu y ambición leoninos, que compuso canciones señeras en el universo romántico de Hispanoamérica; piezas que con su talento lírico, instrumental y vocal fueron un tónico para esa otra nostalgia mexicana como el bolero o la trova.
Cantautor, arreglista, productor, actor, conductor de radio y televisión, promotor de artistas y representante de su gremio, Manzanero murió a causa del COVID-19 a los 85 años. Su legado inmenso se verá potenciado no solo por su propia voz, sino también por quienes hicieron eco de sus huellas: de Elvis Presley a Celia Cruz, pasando por Luis Miguel, Juan Gabriel, Elis Regina, Alejandro Sanz, Tony Bennett, Natalie Cole, Andrea Bocelli o Tania Libertad, son incontables los intérpretes que usaron su obra como fuente de inspiración.
Sus canciones tenían enormes argumentos contemplativos (“Esta tarde vi llover”) y meditabundos (“Voy a apagar la luz”), los cuales supo enaltecer para crear estampas naturales (“En este otoño”) y sencillas (“Contigo aprendí”).
Colegas periodistas de espectáculos de México aducen que Manzanero también era un pianista notable. Tenía conocimientos formales de música que comenzaron en la Escuela de Bellas Artes de Mérida a los ocho años, y que luego continuaron en la Ciudad de México con maestros como Mario Ruíz Armengol. Por gente como él conocería los mayores repertorios del continente y aprendería a liderar combos de múltiples tamaños. También comenzaría a acompañar intérpretes —primero hombres y después mujeres—, acoplándose con sensibilidad a cada caso.
Su oficio profesional, por otro lado, no fue sólo musical. Inteligente en las relaciones con el poder, Manzanero transitó frente a gobiernos de todo tipo sin comprometer el cariño de la gente. Actuó para políticos y empresarios variopintos, entró y salió de los sexenios obteniendo certidumbres para sí y para quienes tuvieron sus afectos. Consiguió éxito y permanencia con trabajo y dedicación, pero también evitando pronunciarse sobre temas delicados.
A lo largo de siete décadas activo, Armando Manzanero conoció los códigos del vinilo, el casete, el disco compacto y los formatos digitales. Desde 2010 abandonó paulatinamente su ejercicio creativo —selecto y reducido en últimos años— para involucrarse cada vez más como presidente del Consejo Directivo de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), posición que ocupó tras la muerte de su colega Roberto Cantoral, otro ícono de la composición romántica mexicana.
Más allá de lo que se pueda decir o callar sobre su vida fuera de la música, Armando Manzanero es ejemplo de que en México también hay un indulto tácito para quienes contribuyen a moldear la cultura popular. Algo parecido a lo que ocurre con deportistas o celebridades, cuyos fallos se diluyen en la consciencia general.
Mientras tanto pongamos su música y tomemos posesión de la parte que nos toca de esta herencia sentimental, integrada con todo al más valioso cancionero de Hispanoamérica que nos dejó el 28 de diciembre del 2020.



