Caminan descalzos en la madrugada, duermen en las calles y rechazan la ayuda que llega tarde. Son adultos mayores abandonados, invisibles para sus propias familias y, muchas veces, también para el Estado. En Huamanga, el número crece y las soluciones escasean.
“Las denuncias de abandono son frecuentes, pero cuando intervenimos muchos no quieren dejar la vida que llevan. Están acostumbrados al maltrato o al olvido”, cuenta Estefanía Alvarado, responsable del CIAM Huamanga, una oficina que atiende a más de 3,600 adultos mayores, la mayoría en condiciones precarias.
En épocas de frío como esta, el peligro aumenta. Pese a los esfuerzos por vacunarlos y darles abrigo, hay quienes siguen deambulando desprotegidos. Y aunque la comisaría de familia puede intervenir, el proceso es largo y depende de la voluntad del adulto mayor y de una orden judicial.
“No somos el programa Pensión 65, atendemos a todos, asegurados o no. Pero hay límites. El problema es estructural: el abandono ya se ha normalizado”, afirma Alvarado.
En Huamanga existen dos centros habilitados para acoger a personas mayores en abandono: el asilo del jirón 9 de diciembre, administrado por una congregación religiosa, y el Centro de Atención Residencial para Personas Adultas Mayores, a cargo de la Beneficencia Pública, ubicado frente al Museo Cáceres.
Ante el aumento de casos, el CIAM recordó que los ciudadanos pueden activar un protocolo de atención inmediata al identificar a un adulto mayor en situación de abandono. El procedimiento inicia con una alerta a la comisaría de familia, que opera las 24 horas, o al personal de serenazgo. Estas entidades verifican la situación y, de ser necesario, notifican al Ministerio Público para que se determine el traslado a un albergue o se ordenen medidas de protección.
“Los ciudadanos pueden y deben intervenir avisando a un sereno o yendo directamente a la comisaría de familia. Muchas de las intervenciones que hemos realizado han sido gracias a ese primer aviso”, informó Alvarado.
La mayor urgencia no está en más programas, sino en una sociedad que se ha acostumbrado a mirar para otro lado mencionó la especialista.
“Los hijos se han desentendido. Les dejamos el número de la comisaría o les decimos que hablen con los serenos, pero la indiferencia sigue”, lamenta la funcionaria.
Mientras tanto, el frío no espera. Y los adultos mayores siguen allí: en las bancas, en los mercados, en las esquinas, esperando —sin saberlo— que alguien los vea.
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