Ascencio Canchari | Figuras y aspectos de la vida mundial
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El problema con esta interpretación es que los “malos tiempos del pasado” en los países en vías de desarrollo no parecen haber sido tan malos. Durante las décadas de 1960 y 1970, cuando implementaron políticas “erróneas” de proteccionismo e intervención estatal, la renta per cápita en estos países creció un 3.0 % anual. Desde la década de 1980, después de adoptar políticas neoliberales, ese crecimiento se redujo a la mitad, a un 1.7 %. Si querían emular el modelo de Estados Unidos, debían hacer lo que este país hizo y no lo que dice. Es decir, aprender de Estados Unidos, que promovió un estado visionario, uno que imaginó el desafío de poner un hombre en la luna, un logro que no vino del sector privado. Esta visión obligó a repensar el papel del Estado, comprendiendo que los mejores cerebros deben estar en él. El Departamento de Energía de Estados Unidos es uno de los más innovadores y de los que más invierte entre los países de la OCDE, lo que le permitió contratar a un premio Nobel de Física para dirigirlo.
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Que el iPhone sea un teléfono inteligente en lugar de uno tonto, fue por el desarrollo y el financiamiento del Estado. El iPhone depende de internet y el progenitor de internet fue ARPANET, un programa desarrollado por el Departamento de Defensa. El GPS, sistema de posicionamiento global fue desarrollado en 1970 por un programa militar de Estados Unidos, y la pantalla táctil fue creada por la empresa FingerWorks, financiada por la Fundación Nacional para la Ciencia de la CIA. Al parecer, el desprestigiado Estado no es tan tonto, o al menos así pensaban los estadounidenses de los tiempos de desarrollo.
El ascenso de China ha tenido consecuencias relevantes para la distribución del ingreso y el empleo en Estados Unidos y Europa. No solo Trump lo detectó; las autoridades estadounidenses comenzaron a enfocarse en un plan de reindustrialización, ya que la potencia exportadora china representa un riesgo concreto en los nuevos sectores estratégicos. Gane Trump o Kamala Harris, el aislamiento estadounidense es un hecho. Estados Unidos debe volver a dirigir su industria, y la forma de hacerlo es aislarse, ofrecer subsidios, beneficios fiscales, préstamos estatales, entre otras medidas, para que su maltrecha infraestructura y su economía, poco productiva, vuelvan a ser competitivas. Mientras tanto, guerras y barreras arancelarias son un reaseguro estratégico. La guerra arancelaria y tecnológica no tiene como único objetivo proteger a la maltrecha industria automotriz estadounidense. China es dominante en la fabricación de vehículos eléctricos porque también lo es en la fabricación de baterías, de los productos químicos utilizados en estas (cátodos y ánodos), y es líder en tierras raras. China ha expandido rápidamente su industria verde. Actualmente, produce casi el 80% de los módulos fotovoltaicos solares, el 60% de las turbinas eólicas y el 60% de los vehículos eléctricos y baterías del mundo. Solo en 2023, su capacidad de energía solar creció más que la capacidad total instalada en Estados Unidos.
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La ayuda estatal china para la industrialización consiste principalmente en préstamos de bajo costo a la industria, mientras que en la OCDE se trata esencialmente de concesiones fiscales. Esto es importante porque, en el caso de China, los bancos estatales pueden dirigir los recursos y mantener el control de la asignación; en el caso de la OCDE, las concesiones fiscales simplemente dejan que el sector privado haga lo que quiera. Al mismo tiempo, el liderazgo de Estados Unidos en tecnología digital clave está siendo socavado rápidamente por China. La guerra de los chips comenzó en 2018, cuando el entonces presidente Trump prohibió a las agencias estadounidenses utilizar cualquier sistema, equipo y servicio de Huawei, un gigante chino de las telecomunicaciones. En 2022, la administración Biden anunció límites a las ventas de nuevos semiconductores a China. Los microchips son el nuevo petróleo, el recurso escaso del que depende el mundo moderno.
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La hegemonía estadounidense sobre la industria, el comercio y la tecnología se está debilitando. La posición del bloque de países del G7 en 2022 fue superada por la participación de los países BRICS en el PIB mundial en términos de paridad de poder adquisitivo. Esta asociación representa el 35.6% del producto interno bruto mundial, mientras que el G7 aporta el 30.3%. Para 2028, la situación cambiará aún más a favor de los BRICS, con un 36.6% frente a un 27.8%. Si se considera en valores corrientes, China sola representa el 38% del PIB del G7, que en 1970 era 300 veces mayor.
Ante esta realidad, no importa si eres demócrata o republicano. Para demostrarlo daremos un vistazo sobre las supuestas diferentes miradas. La administración Trump impuso aranceles a miles de productos por un valor aproximado de 380 mil millones de dólares en 2018 y 2019. La administración Biden los ha mantenido vigentes. Reconoció los daños económicos, pero recomendó mantener los aranceles de Trump sobre bienes por un valor aproximado de 360 mil millones. Trump instigó una guerra comercial al imponer nuevos aranceles a las importaciones de lavadoras y paneles solares, acero y aluminio y miles de millones de dólares en bienes de consumo, intermedios y de capital, de China. A seis meses de las elecciones estadounidenses, el gobierno de Biden anunció en mayo fuertes aumentos de aranceles contra una lista corta de importaciones estratégicas de China, que abarcan acero y aluminio, semiconductores, vehículos eléctricos, baterías, minerales críticos, células solares, grúas de barco a tierra y productos médicos.
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La estrategia de seguridad nacional de la administración Biden-Harris muestran los detalles de la derrota americana y lo que debe hacer, no decir. En un mundo interconectado, no existe una línea clara entre la política exterior y la interior. El sector privado y los mercados abiertos han sido, y siguen siendo, una fuente vital de fortaleza y un motor clave de innovación. Sin embargo, los mercados por sí solos no pueden responder al rápido ritmo del cambio tecnológico, las interrupciones del suministro global, o la profundización de la crisis climática. La inversión pública estratégica es la columna vertebral de una sólida base industrial y de innovación en la economía global del siglo XXI.



